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lunes, 6 de julio de 2015

Llueve



Llueve. Los pájaros surcan el cielo. Como acuosas pinceladas negras. La luz marca de a poco sombras difusas entre la noche y las cosas, entre toda esta paz tal vez siniestra o pausa del ruido que moja a las ventanas y a los durmientes. Los autos quietos. El portal y la escalera por donde ahora subirá Delia maldiciendo esa humedad que le pega la pollera a las piernas.
Delia saluda a Mario antes de entrar con el primer pan de Buenos Aires. Comentan el mal tiempo, silencio, ella baja la mirada, él la mantiene y hasta recorre con precisión la curva de su pechos insinuada bajo el uniforme, y, de pronto, los invade una leve y extraña sensación —los ojos de ella fijos en el polvo incrustado a los zapatos de él— como si previeran que esta vez la lluvia viniera a quedarse, a inundar el palier y todo, las terrazas de los edificios, las casas, los hospitales. A limpiarlos, expiarlos, no, Delia no sabe decir estas cosas, no sabe siquiera que las piensa, que tiene ese deseo oscurísimo tejido bien adentro. Quizá como tantos otros: desea que el 23 de diciembre de 2012 reviente todo, como decían los mayas. ¿Los mayas? Podría haber una inundación tan terrible que volviera a todas las personas protagonistas desamparadas de un nuevo capítulo bíblico donde ella no deba levantarse a las cinco y media de la mañana, cada día, para tenerle listo el desayuno a la señora, donde Mario no deba festejar en silencio lluvias nocturnas que le ahorren el trabajo de limpiar la vereda, ni refunfuñe como un desgraciado cada vez que se averíe el ascensor, la caldera, o se apague inexplicablemente la estufa de las ancianas del tercero.
Delia siente un pinchazo húmedo en algún punto impreciso de su vulva, cuando su pollera roza apenas la pierna de Mario. Luego sube las escaleras, más despacio que de costumbre, envuelta en una marea tan fría que densifica las cosas.
Al abrir la puerta, la señora —una señora más joven que ella misma—, con los ojos aún semi cerrados, la saluda en un bostezo y recoge el diario del suelo. No se preocupe señora, está usté con la panza, ya se lo alcanzo yo. Es raro que la señora se haya despertado tan temprano, más raro aún que esté recogiendo el diario en ese mismo exacto segundo en el que la vecina de enfrente, esa anciana que apenas saluda —la hermana mayor o la hermana menor de ese par austero y callado, casi impenetrable— le dispara a Delia una sonrisa inesperada. Una sonrisa que —aunque Delia todavía no lo sepa— quedará grabada en su mente para siempre. Lluviosa y oscura como una tormenta de cine.
La anciana de ese futuro recuerdo grabado en el horror —como si existiera en la mente un espacio exclusivamente dedicado al horror— se llama Selva. Es una de las vecinas del 3º B. Lleva el pelo enredado en un pequeño bulto gris que esconde detrás de las orejas. Unas orejas que fueron quedándose inútiles a medida que se expandían. Entre el aire y todo ese viento, todo ese tiempo que martilla los tímpanos y estría los cuerpos, la cara de Selva quedó ya más ajada que la otra —la de su hermana Rebeca— y las orejas quietas, permanecieron ahí, como dramáticos y pesados monumentos al absurdo. Luego está esa única línea que baja ininterrumpida desde la punta del mentón hasta el inicio del pecho. El pecho, los pechos, —los de ella, los de su hermana— no importa de quién, ambos pares de senos persiguen el sur con la misma fuerza de gravedad que clama del fondo del planeta, contrae las espaldas propiciando las jorobas, y se alía con aquello que manan las estrellas, esas que Selva y su hermana Rebeca llevan evadiendo hace ya tanto tiempo, de las que se resguardan en la cueva del edificio de la calle Juncal, en el barrio de la Recoleta, ciudad de Buenos Aires, en esa fracción continental que se ubica ya en el sur del mundo.
Selva gira las llaves al cerrar la puerta, muy lentamente, como si el frío del metal quemara sus dedos, volviendo realidad lo hasta entonces inimaginable: que la velocidad de sus movimientos pudiera acercarse a la absoluta quietud. Camina hasta el centro del salón y deja el periódico sobre la mesa.
3 de septiembre.
Su hermana Rebeca aún reposa dormida en su cama, cubierta con las frazadas hasta la nariz, soñando con la lluvia de trasfondo doble quizá, con su hermana devenida planta, bosque o la misma selva, algún amante muerto reconstruido a partir de fragmentos de galanes de televisión.
A Selva el frío le cala los huesos. La paraliza sobre la silla junto a la mesa, la taza de té. Enciende la estufa, luego la radio. Escucha, entre publicidades, música pop y datos de violaciones y asesinatos, razones de sobra para no salir a la calle. Las mismas razones que están ilustradas en el diario que ahora abre, con el insoportable peso de su mano, y de esas hojas, y de su cuerpo entero que parece que fuera a desplomarse sobre la mesa. Pero pronto el aroma del té resucita su aliento, y se extiende etéreo, como esos fantasmas que pronto serán ellas, por las paredes floreadas, por los muebles de caoba antiguo, los cuadros de barcos y playas, y sigue flotando, entre las estatuillas de bronce, los finísimos cristales que decoran la vitrina del rincón, y finalmente entra al cuarto de Rebeca, ese aroma suave, casi imperceptible, se mete en el cuerpo soñoliento de Rebeca que ahora intenta ponerse en pie. Se levanta de la cama y camina despacio como su hermana, muy despacio hasta el salón. Mira los rayos que entran por las persianas. Esas que cortan la ventana a la mitad dejando entrar el mínimo sol necesario. Observa el portarretratos de los hermanos Loretti clavado en la pared, eternizados en aquella semana previa al accidente, con la sonrisa y la inocencia sepia estampada en sus caras para siempre. Acaso el hermano mayor, —¿era Leonardo, Lorenzo?— no supo imaginar que un día sería apenas un rostro sobre las flores de una pared, o algo así como difusos retazos de galanes oníricos sin nombre.
Rebeca se acerca a la mesa. Tiembla de frío, patea la estufa, refunfuña. Pero su hermana Selva ya no la escucha, no puede, la mira sentarse frente a la mesa mientras examina ese rostro que parece un espejo. Las cejas extinguidas o apenas resistiendo en finos trazos tatuados sobre las ausencias. Debajo ese hundimiento dónde antes estaba el párpado terso siempre maquillado de sombras celestes o púrpuras, ahora es como un pliegue sin retorno, algo así como otra ausencia, una línea oscura de donde emerge el ojo como si emergiera de un agujero macabro. Y luego la piel ajadísima sobre los labios, el cabello fino y blanco que le cae por los lados, la piel del cuello que cae formando colgajos, y entre ellos esos canales por los que corren las venas. Como ríos traslúcidos. Ríos que llegan a dónde.
La mira servirse un poco de té, silenciosa, lenta, casi quieta, la humedad y el frío en los huesos pesa demasiado, y de pronto como una ceguera, quiero tomar un poco de té, todo pesa demasiado, por qué, una persiana cae y se cierra, o no cae, ya no hay luz, dónde están tus ojos hermana, ¿estás aquí? necesito un poco de calor en mi cuerpo, dónde está mi taza de té ¿o ya no estoy? ¿todavía me querés? ¿Por qué ya nunca me hablás? No te has acostumbrado a quererme como hacen los amantes, estás acá y me querés o no me ves. Era yo la mayor o eras vos. Era tuyo el Loretti mayor o de nadie. Es que ya no hay luz, estoy hablando o pensando, se te vuelca la taza de té sobre las manos y no quema, no duele, la nube de frío nos atrapa, la jarra, la humedad, tomá la jarra, es como una nube y ya no duele, ya no te movés, o sí, tan lento, las flores de la pared y los otros que flotan como nubes también, tan lento que ya estamos quietas.

El negro no existe, es la ausencia de luz. La muerte es blanca. Hay otra dimensión donde el universo se tiñe de blanco, como si estuviera nevado. Por un momento la luz, una explosión, el blanco absoluto. La paz. Luego empiezan a distinguirse algunas líneas, sombras, los bordes de las cosas. Porque la nada no es nada, no puede ser blanca. Pero la muerte sí. Aquí hay paz y no es el cielo, es este mismo lugar iluminado con otra luz, y estamos juntas. Tu cara, hermana, pálida como la parca, ahora la veo, estás aquí conmigo después de la vida, el frío ya no te duele. ¿Ves nuestros cuerpos inertes inclinados sobre la mesa? No, ya no duele. Pero la lluvia allá afuera no cesa. Quién sabe, quizá llueva hasta el fin de los tiempos. De todos modos, creo que podremos atravesar la pared, flotando, y que el agua no vuelva a tocarnos jamás. O sí.

Delia entra en la cocina y enciende la radio. Puro movimiento mamita.... Prepara café para todos, cereales con azúcar para la nena, puro movimiento, cereales sin azúcar para la señora, y si una de las negras se retoba, tostadas y jugo de naranja recién exprimido para el señor, y no quiere entregarse a hacer la otra, la vamos a dejar bien calentita, total ella sola se va a sentar, un matecito bien caliente para ella misma, para no compartir con nadie durante toda la mañana, arriba del muñeco, arriba del muñeco, ya no te hacés la fina, sola con el mate, lustrando lo limpio. Ya quisiera Delia que Mario viniera más tarde a tocarle la puerta, que todo reviente en el 2012, no, que reviente su mujer de una vez por todas. Mario cantándole puro movimiento mamita al oído, moviendo la pelvis así, seguro que la mueve así, ella contra la mesa, contra la pared, puro movimiento, en cuatro en la cama de la señora, boca arriba abierta de piernas en la mesa del living…
Delita querida haceme el favor y apagá eso, no quiero que el bebé escuche cumbia desde la panza. La señora sale de la cocina y cierra la puerta detrás suyo sin esperar ninguna respuesta de Delia mientras comenta con el señor, ya sentado a la mesa como un cerdo infaltable, que ella es muy respetuosa con todo el mundo, pero que hay cosas en esta vida que no se pueden respetar. Seguramente el cerdo esté asintiendo como un sordomudo, mientras la nena se sienta a su lado y empiezan a desayunar en perfecto silencio.
Delita, otra cosita, no me llevás la nena al colegio que a mi se me está haciendo tarde. Yo en tu ducha con Mario detrás y el cerdo de tu marido mirando.
Claro señora, espéreme que en un minutito estoy.
Gracias Negri. ¡Llévense los paraguas!
Ni Delia ni la niña habían visto jamás llover con tanta fuerza en Buenos Aires, por eso callan y escuchan la lluvia que cae sin pausa, lluvia como de selva. Miran el agua crecida sobre las calles y avanzan, con sus pies como remos, lenta y pesadamente, como viejas.

Cuándo fue eso. Cuándo dejamos de teñirnos el pelo, de ducharnos todos los días o incluso cada semana. Cuándo el olor de la lluvia sobre las plantas, mirá las copas de los árboles desde arriba, nuestros cuerpos de muertas que vuelan por encima de todo. ¿Cuándo la lluvia sobre nuestra desnudez? Nunca. Y mirá qué linda que estás así, tendida y lluviosa sobre esas hojas. Ya no te veo vieja como yo, te veo hermosa Rebeca. Te quise tanto, antes y después de Loretti, el mayor sí, el que fue de las dos, mirá si me iba a quedar con el otro petiso desgraciada. Vos lo sabías. No te guardé rencor eh, te quise tanto, tanto como a mi misma, sacáte ese pájarito de la cara hacéme el favor, tanto que cuando me olvidé de mi, me olvidé de vos. Sí, ese, el grisecito ¿No lo sentís?
Supongo que podemos ir a donde queramos, a dónde querés.
Se vuela rápido así, si abrís bien los brazos y las piernas ¿No? Es como que mientras menos pensás, más avanzás, solo impulsándote, con todo el cuerpo al mismo tiempo. Mirá que envión me pego cuando me callo. Uno, dos, tres y silencio. Quiero rozar todas las copas de todos los árboles del parque, quiero que saltemos de esa ¡no! de esta azotea hasta esa otra. Mirá qué plato nosotras saltando entre edificios. Quiero ir hasta las nubes, no qué nubes, mirá ese avión, asustemos a algún tipo por la ventanita, ¿nos verán? Dale, quiero ver si nos ven, uno, dos, tres y envión, silencio que ahí viene el avión, mirá, te rimo y todo como vos tanguerita querida. Más nos alejamos de casa, más joven te ponés vos. No te me ofendás, dale. ¿Qué por lo de tanguerita? Dale, cantáme algo que ahí viene el avión. Mirá que sos dura eh, ni muerta me pensás cantar. Qué pena. Bueno dejá, ya no quiero, me quedo acá, sobre la cabeza de esta estatua, si con tanta lluvia ni siquiera nos van a ver los pasajeros. Qué me ponés esa cara, qué te importará a vos que yo me quede acá.
Llevás décadas callada, qué te importará lo que yo haga ahora.
Ahora decime Rebeca, qué te gustaba de la vida.

Sí, hace meses que las lluvias terminaron, pero ella podría tener una habitación más alejada del resto de la casa, porque la verdad, escuchar los gemidos probablemente fingidos que suelta esa perra ingrata con el marido… es demasiado, es demasiado cuando ella no coge desde aquella semana arrebatada de lluvias, cuando Mario se acercaba por detrás, en la puerta del ascensor, con su olor a macho despechado y rabioso, y la estampaba contra el espejo. Sin cumbias. Sin palabritas al oído ni meneado de pelvis detenía el ascensor, y así, en la oscuridad de ese breve encierro, se la metía una y otra vez, sin paciencia ni forros. Ya cerca del final, la giraba agarrándole la cabeza, casi arrancándole el pelo se la seguía metiendo por la boca hasta acabarle en la negrura de su cara. Celia, insatisfecha, lejos de un remoto orgasmo, se levantaba, se acomodaba el delantal y se iba casi contenta de haber sido deseada, pero es que ni siquiera eso: un cuarto alejado de la casa, un poco de intimidad, y por las noches silencio.
Y encima ese olor a rata muerta que ya está por todos lados.
Mario debe estar muy ocupado con Rosita, la empleada del segundo, como para ayudar a las viejas seniles de enfrente a desinfectar la casa que, a esta altura, ya se les debe estar pudriendo, y nadie dice nada, nadie, claro, y menos Delia que ya tiene suficiente con limpiarles la mierda a estos desagradecidos que le pagan una miseria y ni siquiera la dejan dormir cuando quiere dormir. Cuando por las noches pide silencio.

Te gustó atravesar el desierto después de las lluvias. Volar junto a las linternas que ascendían a los cielos de Chiangmai, beber el agua de las cascadas de Croacia, ver los bosques de Inglaterra, fumarnos ese té que nos dejó tan plácidas sobre el Empire State, todas esas luces nena… y pensábamos que Buenos Aires era grande. Las montañas en Italia y las montañas en lo profundo del mar. Islas y tierra y China y castillos. Esa música que nos salió de adentro cuando vimos la aurora boreal ¿vos también sentiste eso? Que se nos partían los colores adentro del cuerpo y sonaban, cuando la aurora boreal sí, y cuando todos esos templos en Asia, y las cataratas y la selva nuestra que nunca habíamos visto. Casi te animás y le cantás algo a ese viejo fantasma en el Louvre.
No sentís como si alguien nos hubiera marcado una ruta para que viéramos solo eso, la belleza aunque ya no tengamos ni cuerpos, como una revancha, aunque nadie nos vea, una revancha por haberlos dejado ahí tirados tanto tiempo. Incluso después de muertos. Pudriéndose. Yo no se qué nos depara esta ruta Rebeca, si reencarnaremos o desapareceremos, pero cantame querés, antes de que me apague, cantame uno de esos tanguitos que me cantabas en la otra vida. Cuando todavía no dábamos asco y la gente nos miraba por la calle.
Sabés qué, cuando empezamos este viaje y empezamos a subir por Brasil, pensé, al ver tantas luces de ciudades como puntos, y tanto mar, y seguíamos subiendo y viajando y por todos lados tantos mar, pensé que Juncal no era nada, casi nada Rebeca, todas nuestras cosas y nosotras, casi nada. Y por primera vez sentí paz, no sé, paz de estar mezclada con todo.
Qué es ese ruidito que sale de tu boca, parece tu voz y sin embargo, no entiendo, qué placer, es como si me inyectaras tu canción en la mente, nuestros cuerpos se estiran, son una raya que viaja al sur de regreso y siento cosquillas, vos también, te veo la cara mientras seguís cantando como nunca hermana, como nunca, es un grito dulce y largo llega hasta las nubes de abajo, nos succionan las fuerzas del mundo, y traspasamos los vientos, los alambrados, el techo de Juncal, el quinto y el cuarto, llegamos al tercero, esta no es nuestra casa, no, qué tiernas somos empequeñeciéndonos, vamos hasta ella, somos fetos en su cuerpo.

El calor de noviembre intensifica el olor a putrefacción de los cuerpos. Un vecino se ha dignado a llamar a la policía que ahora irrumpe, con la ayuda de un cerrajero, en el 3º B de la calle Juncal donde no hay ninguna rata muerta. Horrorizado, uno de los hombres abre la ventana para ventilar un poco el ambiente. La estufa está rota y la radio encendida. Desde la calle les llega un lamento, como tango en la voz de una mujer cansada… ¡Adiós, pampa mía!/Me voy/Me voy a tierras extrañas/adiós, caminos que he recorrido/ríos, montes y cañadas.
Qué es eso, parece Canaro, dice el cerrajero.
Desde la puerta, las vecinas de enfrente, Celia y la señora, observan cómo se llevan los cadáveres, cómo el departamento, poco a poco, vuelve a quedar en silencio.
Ay, Celita, esto es un horror, pero te voy a pedir por favor que me lleves a la nena a la clase de danza que yo estoy llegando tarde a yoga. Por favor Negri, haceme el favor y apurate.
La señora se arquea, como si hubiera recibido un golpe invisible por la espalda. Se acaricia la panza. Mira los últimos ángulos de las bolsas negras desapareciendo al final del pasillo. De pronto intuye que algo de la vida hoy resurge.



domingo, 3 de mayo de 2015

Aquel verano en el pasto

de Guillermo Flores



      Íbamos a encontrarnos a la mañana en el centro. Sabíamos que el padre de Valentina tenía que ir al banco (según ella, iba todos los lunes a primera hora y ese era el mejor lugar para esperarlo). Cuando saliera, yo tenía que interceptarlo, ponerle una bolsa negra en la cabeza, darle un culatazo y meterlo en el auto de Renata. Saldríamos disparados por Alem, después Libertador, y si en cinco minutos llegábamos a la autopista, ya no tendríamos problemas. Una vez que estuviéramos en la casa de las chicas, lo cagaríamos a palos hasta dejarlo inconsciente. Lo de cagarlo bien a palos —con esas palabras lo propuso— fue idea de Valentina. Para mí no era necesario llegar a tanto: con dormirlo y encerrarlo alcanzaba; pero como el plan se le había ocurrido a ella y era su papá, ella mandaba.
     Fue un lunes a finales de diciembre. Me levanté a las cinco de la mañana y me puse a ordenar la habitación: no podía dormir y no tenía nada mejor que hacer. Valentina me llamó a las siete, bastante nerviosa. Dijo que había pasado algo y que cambiaba todo, que se cancelaba el plan. Después de seis meses sin verse ni hablarse ni mandarse un mísero mail, esa noche la había llamado el padre. ¿No querés venir mañana a almorzar a casa?, me dijo Valentina que le preguntó el padre.Y “mañana” quería decir el día que habíamos elegido para concretar el plan. 
    Valentina me preguntó si la podía acompañar. Le dije que no me parecía, ni el cambio de planes ni la invitación. Quiso convencerme sobre la importancia de las casualidades y que si las cosas pasaban era por algo.
—No sé —le dije—, no me parece.
—¿Por qué vos también me querés joder ahora, Mariano? Te lo estoy pidiendo por favor. Sabés que no puedo ir sola.
—Es que es raro, pensé que lo otro iba en serio.
—Te lo acabo de explicar, nene... ¿no entendés?
   Y cortó.
   Cortó como hacía un par de meses había cortado conmigo, con el padre y con las amigas. Como había cortado con el trabajo que no le gustaba. Con los estudios. Con teatro. Con su departamento y la medicación. Cortó como cada vez que le decían cosas que no le interesaban o no soportaba escuchar.
    Me quedé un momento en silencio, mirando el bolso que había preparado. En la pensión no se escuchaba ningún ruido. Me sentí muy solo y me imaginé que Valentina estaría sintiendo lo mismo. Entonces la llamé. Atendió y se mantuvo en silencio. Le pregunté por qué se ponía así, por qué cambiaba tanto, y me dijo que todos se enojaban con ella y que nadie la entendía.
—¿Le dijiste a las chicas?
—Sí.
—¿Y?
    No respondió. Algo me movió con eso, y le dije que la acompañaba. La voz se le relajó un poco y me dijo que tenía el auto de Renata. En unas dos horas podía pasar por la pensión. Antes de cortar, me dijo que me quería un montón.
    Llegó cerca de las diez en el auto de Renata, un Renault verde bastante sucio. La casa del padre quedaba cerca de Maschwitz. A mitad de camino, paramos en una estación de servicio a comprar bebidas y “unos regalos para papá”. 
    Cuando volvimos al auto, Valentina me pidió que manejase y se armó un porro. Empezamos a fumar y ella se puso a hablar de la madre, de que si estuviera su mamá todo sería muy distinto: no tendríamos que hacer lo del secuestro ni nada de eso. Nunca le
había preguntado sobre la muerte de su mamá, y no me pareció que ese fuera el momento. Una vez, un poco fumada, me había contado algo de un accidente en Bariloche o algo así, nada muy claro. Ella era chiquita, nueve, diez años. Pero había cambiado de tema enseguida y nunca pude saber qué fue lo que pasó.Y ahora no entendía qué tenía que ver la mamá con lo del secuestro del padre, pero tampoco se lo pregunté.
     Tardamos más o menos media hora en llegar. Cruzamos un portón de madera y avanzamos por un camino de grava. La casa era blanca, blanquísima, de dos pisos; la rodeaba un jardín enorme, adornado con un par de esas fuentes horribles con angelitos.
     Apenas estacionamos, vimos que se acercaba, atravesando el jardín, una mujer sonriente. Esa es Mora, me dijo Valentina. Bajamos del auto cargando las bolsas con las bebidas. Por alguna
razón, Vale dejó los regalos para el padre en el auto. Supuse que querría darle una sorpresa más tarde. Mora nos recibió a los dos con un beso ruidoso y explicó que el padre de Valen terminaba
unas cosas en el vivero y venía.
—¿Prefieren comer en el porche o en el patio de atrás...? No te das una idea de cómo huelen los eucaliptos, Valen. Casi tapan el balcón del altillo, pero la sombra que dan es bárbara.
    A mí me daba igual. Valentina respondió que prefería comer adelante. Mora sonrió: una de esas sonrisas que te quieren decir que todas las respuestas van a ser la respuesta más atinada porque ninguna respuesta importa.
     Yo esperaba otro tipo de mujer.Tendría unos cincuenta años y se mantenía muy bien. Llevaba un jean oscuro, musculosa blanca, el pelo naranja y tenía unas tetas gigantes, seguramente operadas.
     Entramos a la casa y caminamos por un pasillo interminable. En las paredes había réplicas de pinturas chinas y, apoyadas en pequeñas columnas, unas estatuitas de bronce que representaban caballeros o algo así. Mora nos hizo entrar a la cocina (donde noté el único detalle de buen gusto de toda la casa: las cortinas combinaban con los azulejos) y nos dijo que pusiéramos las bebidas en la heladera, que ella iba a seguir preparando la comida. Después de que acomodamos las botellas, Valentina me dijo que saliera al porche, mientras ella iba al baño.
—Si te encontrás con mi viejo, decile que ya voy.
    Obedecí. Cuando estuve afuera, me quedé mirando el pasto y me dieron ganas de tirarme ahí. Agarré un cenicero de la mesa que estaba en el porche (ya había unas copas y una botella de vino
tinto) y prendí un cigarrillo. Me puse a pensar en lo lindo que sería poder quedarme todo el verano tirado en ese pasto perfecto, con todo el sol y el olor de los eucaliptos. Cuando apagué el cigarrillo, vi al padre de Valentina que se acercaba, todo de blanco, sombrero y guantes incluidos. Se sacó los guantes y me saludó con un apretón de manos. Estaba transpirado y se notaba que había estado con plantas: tenía manchitas verdes y negras en la ropa, pero casi imperceptibles, como si hubiera estado haciendo un trabajo muy delicado. Me invitó a sentarme a la mesa y enseguida empezó a contarme del lugar, de las comodidades que tenía la casa, del vivero, la exportación y otras cosas. Miraba con orgullo su propiedad.
—Solo me falta escribir un libro —dijo, sonriendo.
   Después me preguntó qué hacía de mi vida, pero no pareció estar muy interesado en la respuesta. Solamente asentía con la cabeza, y apenas dejé de hablar empezó a darme un sermón sobre las responsabilidades, los errores, los inconvenientes que suceden sobre la marcha, y de la gente estúpida que no sirve para nada porque no está preparada para la vida.
   Dejó de hablar y se hizo un silencio.Yo no sabía si él esperaba que le dijera algo. Se oyeron ladridos de alguna quinta vecina. De algún lado llegaba olor a asado.
—Pero bueno, vos laburás. Vos te bancás. Vos sabés lo que vas a hacer de acá a cinco años, ¿o no?
—Papá... no lo aturdas —dijo Valentina, que justo salía al porche. Estaba rara, distinta. Enseguida me di cuenta porque: se había soltado el pelo y parecía más chica, como aniñada, más fresca. Se dieron un beso y el padre le dijo lo bueno que era volver a verse.
    Ella me miró sonriendo, cómplice.
—También me pone contenta verte así de bien, pá.
    Charlaron un poco de las cosas que hacían y de los familiares, hasta que Mora la llamó a Vale para que la ayudase a servir la comida. El padre sonreía, tomaba vino. Se lo veía satisfecho por cómo las mujeres preparaban la mesa.Yo lo miraba y pensaba en cómo se le transformaría la cara si en ese momento le pusiéramos una bolsa negra en la cabeza y lo metiéramos en el Renault mugriento de Renata.
     Valentina también estaba contenta, o eso quería simular. Tarareando una canción, iba y venía con platos y comidas y bebidas. Sirvieron jugo en unas copitas antiguas y todo me parecía típico: el padre, las canas, la esposa, el pasto y el sabor del jugo recién exprimido.
     De entrada, sirvieron una picada que el padre no tocó: problemas de presión, dijo. Levantando la bandeja de madera me ofrecía a cada rato queso y salame de campo. Después trajeron varias ensaladas en unas ensaladeras gigantes y pollo frío.
     En un momento, cuando parecía que ya estaba todo servido, Valentina entró a la casa y después apareció cargando una pila de vasos. Me pareció una exageración: éramos solamente cuatro a la mesa, y cada uno ya tenía su copa. Sospeché que solamente quería hacer algo para no sentarse a charlar.
—No traigas tantos a la vez, pichona —le dijo Mora apenas la vio saliendo por la puerta—, que se te van a caer. Y no los encastres unos con otros, que se quiebran.
—No te hagas problema, Mora.Yo puedo.
     Pero, por mirar a Mora para contestarle, dejó de mirar donde pisaba y se tropezó o resbaló o algo le pasó que la hizo perder el equilibrio. Se cayó con los vasos abrazados al pecho. El padre y Mora la miraron e hicieron un gesto de negación con la cabeza. Me levanté y fui a ayudarla. Increíblemente, no se había roto ningún vaso.Tenía muchas ganas de reírme, pero la cara de Valentina me disuadió. Mientras la ayudaba a levantarse, escuché la voz de Mora:
—Ves que sos caprichosa, nena.Te dije, pero vos siempre hacés
lo que querés.
—Quedate tranquila —dijo Valentina, mientras apoyaba los vasos en la mesa—, que no se rompió nada.
—Es lo mismo si se rompen o no —dijo el padre—. Te está diciendo otra cosa, hija.
   Ahí Valentina, roja de la bronca, estuvo a punto de perder el control. Me miró, y tuve que hablar:
—Bueno... igual no pasó nada.
—No es nada —dijo Mora, del otro lado de la mesa, tranquila y exultante—. Es que te dije que si los llevabas así se te iban a caer. Igual no es nada.
—Ahí están los vasos —dijo Valentina—. Intactos.
—Solamente te digo para que la próxima tengas más cuidado.
—Ahí están los vasos —levantó uno y se lo mostró, casi que se lo puso en la cara—. Mirá. Intacto.
    El vaso brillaba en la mano de Vale como si fuera un trofeo.
    Cuando trajeron el café, el padre sacó una pequeña cigarrera del bolsillo y nos ofreció unos cigarritos marrones, casi seguro importados. Valentina dijo que no, pero yo acepté. El viejo prendió los dos cigarritos con un encendedor plateado. Dio un par de pitadas, tiró la cabeza para atrás y sopló el humo, como queriendo espantar las moscas. Después de dar un par de pitadas más así, se puso derecho y le habló a Vale.
—Suerte que no se rompió ningún vaso... Esos los usamos siempre que viene gente especial, no para cualquier día. Por eso te decíamos que tengas cuidado... y a veces Mora se pone nerviosa.
—Yo nunca los vi —retrucó Valentina.
—Eran de mamá... y a ella se los había dado mi abuela —dijo Mora, y se levantó de un salto para irse adentro. A los cinco segundos volvió con uno de esos vasos y lo hizo girar triunfalmente en la cara de Valentina.
—¿Ves, pichona? ¿Ves los bordes dorados?
—Qué hermoso... ¿Y los vasos nuestros? —preguntó Valentina, haciéndose la estúpida, y sorbió un poco de café—¿Dónde quedaron?
—Creo que están en el altillo. Si los necesitás, llevatelos—respondió el padre.
   Para decir algo, no porque me interesara, pregunté si los vasos de Mora eran muy antiguos.
—Mil nueve veinte, creo... ¿De cuándo son los vasos, Mora?
—Eran de mi abuela —dijo Mora—. Calculá.
    El padre puso cara de estar calculando mentalmente la edad de los vasos.Valentina se levantó y dijo que iba al baño y que no le gustaba esa manía de guardar cosas viejas. Mora y el padre quisieron responderle, pero ella salió tan rápido que no les dio tiempo.
     El padre parecía ansioso por cambiar de tema. Empezó a tirarme anécdotas de vacaciones y viajes, y me dijo que la semana siguiente se iban a Perú.
—Ruinas, tierra. ¿Qué más queremos para estar tranquilos, no?
    Le conté que yo había ido a Perú, de mochilero, hacía unos años, pero mis palabras desaparecieron en el aire: no encontraron en él ni el más mínimo interés.
    Valentina volvió al porche con un papel en la mano. Una foto.
—Mirá, Mariano —dijo, alcanzándome la foto—, este es el lugar que te había dicho, ¿ves?
    En la foto aparecían el padre abrazando a la madre de Valentina, y Valentina con diez años, cubierta con una capucha. De marco, un jardín con nieve. De fondo, montañas nevadas. Los padres se reían y no miraban a la cámara. Solo Valentina lo hacía.
—Es en la casa de mis tíos, en Bariloche —dijo.
—A ver —dijo el padre, arrebatándome la foto. La miró un segundo con su peor mirada oscura, y se la pasó a Mora, que puso una cara que indicaba que no era la primera vez que la veía.
    Levantó una sola ceja y dijo:
—Qué bárbaro, la familia unida.
—Sí —dijo Valentina—.Y me gustaría llevarme esta foto y las otras también. Ahora estoy viviendo en San Isidro con unas amigas, y en la habitación no tengo nada.
—Están todas las cajas en el altillo —dijo el padre, tranquilo, señalando hacia arriba.
    Todavía pienso que si Valentina quería esos cuadraditos de colores con sonrisas, era para poder pegarlos en las paredes de su habitación y sentir que vivía en un lugar que era de ella.
—No sé, Carlos —dijo Mora—. Si querés, puedo juntarlas en unos días y se las mando por correo. Arriba está muy desordenado, es todo una mugre...
—Por correo no —la cortó Valentina—. Me gustaría mostrarle a Mariano algunas fotos. Nunca tengo nada para mostrar, y a veces hasta me olvido de las caras de los primos.
—Eso será por otra cosa —dijo el padre, seco—... ¿Vos también sos falopero?
   Los tres me miraron. No entendí que me lo estaba preguntando a mí hasta que lo repitió.
—No digas así, papá —dijo Valentina—. Pensé que ya habíamos pasado eso.
—Yo no paso nada, no es mi problema. ¿Te drogás, Patricio?
¿Sí o no?
—No —dije, más confundido todavía porque acababan de rebautizarme—. Alguna vez... no te voy a decir que nunca probé, pero no...
—Entonces probaste —dictaminó el padre, molesto, abriendo los brazos—.Y seguro que seguís probando...
—No, no... Nada que ver... No soy falopero —y como no me salían las palabras, movía las manos—. Alguna vez fumé. Solo eso.
—Vos debés saber que ella... —Señaló a Valentina—. Ella sí tuvo problemas.
—¡Papá! —dijo Valentina.
—¿Y por qué dejaste? —preguntó Mora, los codos en la mesa y las manos estirándole hacia atrás la piel de los cachetes—. ¿Te diste cuenta de algo?
—Un amigo —dije, sin saber lo que decía—. Igual, como “dejar”, no puedo decir que “dejé”.
—¿Por? —El viejo me miró sumamente interesado.
—Porque tampoco lo hice muy seguido.
—Claro. Lo mejor que podés hacer en la vida es no reconocer que tenés un problema.
—¡De qué hablás! —gritó Valentina.
—No le levantes la voz a tu padre —dijo Mora.
—Se la levanto si quiero, Mora, o hasta que me diga él. Así que, por favor, te pido que no te metas.
    Nos quedamos en silencio.Yo me serví una porción de torta.
El padre solo le prestaba atención a su taza de café. Prendió otro de sus cigarritos, levantó la vista y, ventilando el humo con la otra mano, decretó que no había que pelear en una reunión familiar.
—¿Familiar? —preguntó Valentina, frenética, riéndose y buscando en mí una complicidad que no necesitaba ni quería.
—Tranquiiiila, Vale —dije—. Te está diciendo que pares.
—Y ahora encima vos —Me apuntaba con el dedo—. ¿Qué decís vos, boludo? “Tranquiiiila,Vale, tranquiiiila” —se burlaba—. ¿Que pare yo? Pará vos. Paren ustedes —Nos miraba de arriba
abajo—. Son parecidos. Iguales son. Al final vos también sos un mezquino y un cagón, Mariano. Mezquino y cagón como vos, papá, que por cinco pesos de mierda no quisiste pagar un avión y nos dejaste solas a las dos.
    Apenas Vale terminó su última frase, el padre se levantó de la mesa y estiró la mano como para cruzarle la cara de un cachetazo, pero se frenó.Valentina se echó a llorar. Quería contenerse, pero no podía. Mora se tapó la boca con la mano.
—No digas así —dijo el padre, temblando de la bronca—.Vos sabés bien lo que pasó... Vos sabés que yo...
    Vi que su brazo era enorme. No supe qué hacer. De repente Vale se levantó y empezó a gritar que ella tenía a la familia en un puño, mientras le ponía al padre la foto en la cara. El viejo quiso sacarle la foto, pero Valentina corrió rápido la mano.
—¿Ahora querés esta foto? —dijo con sorna—. Acá la tenés, papá. Acá tenés a tu familia —Rompió la foto en cuatro pedazos y se los tiró a la cara. Pero ningún papelito lo tocó: cayeron antes, en el piso.
    Después Vale pasó por atrás mío y entró rápido a la casa.
—Carlos, ¿esta chica necesita ayuda profesional o me parece? ¿Está medicada?
—¡Voy a buscar mis fotos! —gritó Valentina desde adentro.
    Mora se puso roja y le gritó que al altillo no fuera.
—Esta chica va a aprender que no todo es como ella quiere—dijo Mora, en una sonriente histeria, y se levantó—. Es una desubicada. ¿Quién se cree que es?
—Ella se ubica, Mora. Tenés que entenderla, no seas tan exigente.
—¿Exigente? —dijo Mora, de espaldas a nosotros, casi a punto de entrar—. ¿A quién le exijo yo? —Se dio vuelta y lo miró—.No me jodas, Carlos.
    Nos quedamos solos. Ni él ni yo sabíamos qué hacer, qué decir. Yo miraba el suelo, los cuatro pedacitos de la foto: la familia unida.
    El viejo me preguntó si quería más café y con los ojos me decía que eran cosas de mujeres, que no había que meterse. Después me preguntó si yo la quería a su hija. Revolvía con su cucharita la taza de café, que no tenía café. Un ruido insoportable.
—¿Vos la querés a Valen? —insistió.
    Estaba por responderle que sí, que la quería mucho, cuando oímos gritos que venían de arriba.
—¿Quiere que vaya a ver? —dije, señalando con el pulgar la planta alta.
—¿Para qué? Son cosas que tienen que pasar. Alguna vez pasan —Movía las manos buscando las palabras—.Vos debés saber, lo que pasó con la mamá de Valen... Me gustaría que alguna
vez... —Pero lo interrumpieron gritos más fuertes: arriba se estaban matando.
    Me levanté y le dije que ya volvía. No podía quedarme sentado ahí, sin hacer nada.
—Hacé como quieras.
    Llegué a la planta alta de la casa y guiándome por los gritos ubiqué la escalera que daba al altillo. Subí y entré. En el balcón del altillo, enmarcadas por las copas de los eucaliptos del fondo de la casa, Valentina y Mora forcejeaban por una caja de cartón.
—¡A esto viniste! —gritaba Mora sin parar— ¡A esto viniste!
—Tenía la cara muy colorada y los ojos desencajados.
    Desde la puerta les grité que pararan, que se dejaran de joder. Pero justo en ese momento Mora le pudo arrancar la caja a Valentina, y entonces Vale, enfurecida, la empujó hasta ponerla contra la baranda, y después, no sé cómo, la levantó sobre la baranda y la tiró.
    Fue un segundo. De repente Valentina se había quedado sola en el balcón y miraba hacia abajo.
    Fui hasta el balcón y me asomé sobre la baranda. Mora había caído de espaldas sobre el pasto.Tenía los ojos muy abiertos, pero no se movía. Al lado estaba la caja abierta y un montón de fotos desparramadas. La miré a Vale.
—No, Vale... —dije sin querer—. ¿Qué hiciste?
    No me respondió. Salió corriendo escaleras abajo y me quedé solo en el balcón. Me asomé de nuevo y lo vi al padre que se acercaba hasta donde estaba Mora. Habrá escuchado el golpe, pensé. El viejo se quedó parado, casi al lado, mirándola, sin hacer nada.Vi que a Mora empezaba a salirle un hilo de sangre de la boca, que le cambiaba el color de la piel.Valentina llegó corriendo hasta donde estaba el padre y empezó a hablarle: gesticulaba, histérica, pero el viejo no decía nada, no le hacía caso, solamente la miraba a Mora.
    Bajé las escaleras corriendo y fui hasta donde estaban ellos.
—¿Llamamos a una ambulancia? —pregunté con timidez.
    El padre ni me miró.Tenía las venas de los brazos muy marcadas.
—¡Se está muriendo! —gritó Valentina—. ¡Hacé algo!
    El padre no se movió.
—Voy a llamar una ambulancia —dije, y quise moverme. Pero no lo hice, no pude.
—Vos no vas a ningún lado —dijo el padre, con desprecio—.Yo tengo... Ustedes... Ustedes no van a hacer nada.
    El sol partía el mundo. Miré a Mora, inmóvil, los ojos abiertos. En un momento hizo una pequeña convulsión, como un quejido del cuerpo, y un poco más de sangre le salió por la boca. No podía darme cuenta de si todavía respiraba o no. Valentina empezó a repetir, desbordada:
—Se cayó sola. Sola, sola se cayó.
   Por un momento pensé que de verdad estaba convencida de lo que decía.
—Por ahí... —dije—, por ahí si la llevamos al hospital... 
    El padre me miró con asco y me dijo que me callara la boca. Empezó a caminar hacia la entrada. Valentina seguía repitiendo que Mora se había caído sola, que no sabía cómo había pasado. El viejo entró a la casa y estuvo adentro cinco, diez, no sé cuántos minutos. Nosotros fuimos hasta el porche y nos quedamos ahí, sin animarnos a entrar.
    Cuando salió se acercó hasta nosotros mirando hacia abajo y se nos paró adelante. Quise darle la mano a Valentina, pero mi impulso fue tan débil que la rechazó. Se lo quedó mirando al
padre, con los ojos muy abiertos.
—Ya está —dijo el viejo, y nos miró con tristeza—. No hay nada qué hacer. Sos una pelotuda, hija...
—¿Qué decís? —le dijo ella, sin fuerza, casi susurrando—.Yo no tiré a nadie. Ella se...
—Sí, ya sé. Es igual...
    Adentró sonó el teléfono. El padre entró de nuevo.
    Nosotros nos quedamos contra el marco de la puerta de entrada. Se escuchaba la voz del viejo hablando por teléfono, pero no se entendía qué decía. Miré los pedazos de la foto en el piso. La mesa a medio levantar. La cucharita en la taza de café. Sentí un temblor repentino en los dedos.
    El padre volvió después de unos minutos.
—Ustedes dos se van de acá y no vuelven más. Desaparecen. Dos años, tres, no sé. Ahora los viene a buscar Álvarez. Vos lo conocés,Valen. Los va llevar a Ezeiza. Hay un vuelo a Brasil dentro de dos horas. Los acompaño al auto, vamos.
    Empezamos a caminar hasta el auto, siguiéndolo, guiados como si fuéramos dos chicos a los que iban a poner en penitencia.
—Lleguen a la ruta. Son cinco minutos y en línea recta. No hagan boludeces. Llegan a la ruta y lo esperan a Álvarez, va a tardar quince minutos como mucho. Él ya sabe lo que tiene que hacer.
   Subimos al auto, el viejo golpeó el techo, como despidiéndose, y empezó a caminar hacia la casa. Lo vi alejarse, avanzar con fatiga bajo el sol, mirando el pasto. En el asiento de atrás estaban los regalos para él. Valentina puso el auto en marcha y abrió la ventanilla. La miré: tenía otra cara, como endurecida; respiraba profundo y se acomodaba el pelo, los ojos cerrados. Le agarré la mano y estuve a punto de preguntarle, pero no me salían las palabras. Abrió los ojos. No me miró.
—No me preguntes nada. —dijo, y se soltó de mi mano para poner primera— Vos sabés lo que pasó... Si hay algo que no soporto es la gente que se hace la pelotuda.

lunes, 13 de abril de 2015

1 Cuento

de Jhumpa Lahiri



Una medida temporal


El aviso les informó de que la medida era temporal: durante cinco días les cortarían la electricidad por espacio de una hora, a partir de las ocho de la noche. La última tormenta de nieve había producido una avería en el suministro y los empleados de la compañía iban a acometer la reparación a primera hora de la noche, cuando el clima era algo más clemente. La reparación iba a afectar solamente a las casas de la tranquila calle arbolada, cercana a una hilera de tiendas con fachadas de ladrillo y una parada de tranvía, en la que Shoba y Shukumar habían vivido durante tres años.
“Está bien que nos avisen,” admitió Shoba después de leer el aviso en voz alta, más para sí misma que para Shukumar. Dejó que la correa de su bolso de cuero, repleto de documentos, resbalara de sus hombros, y lo dejó en el pasillo mientras caminaba hacia la cocina. Llevaba un abrigo azul, pantalones grises y zapatillas blancas; se veía, a los treinta y tres, como el tipo de mujer al que alguna vez juró que nunca se parecería.
Venía del gimnasio. El carmín rojo se podía apreciar sólo en la comisura de su boca, y el delineador había dejado manchas de carbón bajo sus pestañas inferiores.
Solía verse así a veces, pensó Shukumar, en las mañanas después de una fiesta o de una noche en el bar, cuando ella tenía demasiada flojera para lavarse la cara, demasiado ávida de entregarse a sus brazos. Ella dejó caer la correspondencia en la mesa sin mirarla. Sus ojos estaban todavía fijos en el aviso que tenía en las manos. “Deberían hacer esto durante el día”.
“Cuando yo estoy aquí, quieres decir,” dijo Shukumar. Puso la tapa de vidrio en una olla con cordero, ajustándola de tal modo que ni siquiera el vapor pudiese escapar. Desde enero, él había estado trabajando en casa, intentando terminar los capítulos finales de su tesis doctoral sobre las revueltas agrarias en la India. “¿Cuándo empiezan las reparaciones?”
“Dice que el 19 de marzo. ¿Hoy es 19?” Shoba se dirigió al corcho enmarcado y colgado en la pared junto al refrigerador, vacío salvo por un calendario con motivos decorativos sacados del papel pintado de William Morris. Ella lo miró como si lo viera por primera vez, estudiando cuidadosamente el diseño en la parte superior antes de permitir que sus ojos descendieran a la trama numerada de la parte de abajo. Un amigo les había enviado por correo el calendario como regalo navideño aunque Shoba y Shukumar no hubieran celebrado la navidad aquel año.
“Es hoy, entonces,” anunció Shoba. “Por cierto, tienes una cita con el dentista el viernes que viene.”
Él pasó su lengua por la parte superior de sus dientes. Había olvidado cepillárselos esa mañana. No era la primera vez. No había salido de casa en todo el día, ni el día anterior. Cuanto más estaba Shoba fuera de casa, cuanto más comenzaba ella a hacer horas extras y a tomar trabajos adicionales, más quería él quedarse en casa, sin salir siquiera para ir por el correo o comprar fruta o vino que estaban en las tiendas junto a la parada del tranvía.
Seis meses atrás, en septiembre, Shukumar se encontraba en un congreso académico en Baltimore cuando Shoba empezó el trabajo de parto, tres semanas antes de la fecha prevista. Él no había querido ir al congreso, pero ella insistió. Era importante empezar a hacer contactos y él iba a entrar al mercado laboral al año siguiente. Ella le dijo que tenía el teléfono del hotel y una copia de los horarios y números de vuelos y que se había organizado con su amigo Gillian para que la llevara al hospital si surgía una emergencia. Cuando el taxi salió de la casa aquella mañana hacia el aeropuerto, Shoba se despidió de él en la puerta de casa envuelta en su bata, con una mano descansando en el montículo de su vientre como si fuera una parte perfectamente natural de su cuerpo.
Cada vez que recordaba ese momento, el último en que vio a Shoba embarazada, lo que más recordaba era el taxi, una camioneta pintada de azul con letras rojas. Una caverna comparada con su propio coche. Aunque Shukumar medía casi metro noventa, con unas manos demasiado grandes hasta para acomodarlas en el bolsillo de sus jeans, se sintió diminuto en el asiento trasero. Mientras el taxi iba por la calle Beacon, se imaginó el día que él y Shoba necesitaran comprar su propia camioneta, para llevar y recoger a sus hijos de las clases de música y las citas con el dentista. Se imaginó a sí mismo sosteniendo el volante, mientras Shoba se daba la vuelta para repartirles juguitos a los niños. Alguna vez estas imágenes de paternidad le habían molestado, sumándose a la preocupación de que aún era un estudiante a los treinta y cinco. Pero esa mañana de otoño, con los árboles todavía cargados con hojas de bronce, disfrutó por primera vez esa imagen.
Un miembro de la organización se las arregló para dar con él en una de las idénticas salas de convenciones donde le pasó la nota, un cuadrado rígido de papel. Si bien sólo había un número telefónico, Shukumar supo que se trataba del hospital. Cuando regresó a Boston ya todo había terminado. El bebé nació muerto. Shoba estaba en la cama dormida, en un cuarto privado tan pequeño que apenas había espacio para pararse junto a ella, en un ala del hospital que no les había sido mostrada durante la anterior visita como futuros padres. Su placenta había cedido y le habían tenido que hacer una cesárea de urgencia pero resultó demasiado tarde. El doctor explicó que esas cosas pasaban. Sonrió del modo más amable posible en que es posible sonreírle a un paciente y que sólo los profesionales conocen. Shoba podría ponerse de pie en unas cuantas semanas. No había nada que indicara que ella no pudiera tener niños en el futuro.
Por esos días, cuando Shukumar se despertaba, Shoba ya se había marchado. Él abría los ojos y veía las negras hebras de cabello que ella había dejado en la almohada y pensaba en ella, vestida, sorbiendo su tercera taza de café del día, en su oficina en el centro, en la que buscaba errores tipográficos en los libros de texto que marcaba con un ejército de lápices de diferentes colores y en un código que alguna vez le había explicado. Ella haría lo mismo con su tesis, le prometió, cuando estuviera lista. Envidiaba lo específico de su tarea tan diferente de la naturaleza elusiva de la suya. Él era un estudiante mediocre que tenía facilidad para absorber los detalles sin curiosidad. Hasta septiembre había sido dedicado, sino diligente, resumiendo capítulos, apuntando argumentaciones en bloques de papel amarillo con líneas. Pero ahora podía quedarse en la cama hasta aburrirse, mirando su lado del armario, que Shoba siempre dejaba medio abierto, en la fila de las chaquetas de tweed y los pantalones de pana que ya no tenía necesidad de elegir para dar sus clases este semestre.Tras la muerte del niño era demasiado tarde para dejar la docencia. Pero su tutor había arreglado las cosas para que tuviera el semestre de primavera para él. Shukumar estaba en su sexto año de la universidad. “Eso y el verano te darán un buen empujón”, le había dicho su tutor. “Ya tendrías que tener todo terminado para septiembre.”
Pero no había nada empujando a Shukumar. En lugar de eso pensaba en cómo él y Shoba se habían convertido en expertos en evitarse el uno al otro en su casa de tres dormitorios, pasando todo el tiempo posible en plantas diferentes de la casa. Él pensaba en que ya no anhelaba los fines de semana, esos en los que ella se sentaba durante horas en el sillón con sus lápices de colores y sus archivos, de modo que él no quería poner un disco en su propia casa por miedo a parecer maleducado. Pensaba en cuánto tiempo había pasado desde que ella lo había mirado a los ojos y sonreído, o susurrado su nombre en las raras ocasiones en que todavía alcanzaban el cuerpo del otro antes de dormirse.
Al principio había creído que iba a pasar, que él y Shoba lo superarían de alguna manera. Ella sólo tenía treinta y tres. Era fuerte, estaba de pie de nuevo. Pero no significaba un consuelo. Normalmente, era casi hasta la hora del almuerzo cuando, al fin, Shukumar salía de la cama y bajaba hacia la cafetera, sirviéndose el café que Shoba le había dejado, junto a una taza, sobre la repisa.
Shukumar recogió las pieles de cebolla con la mano y las tiró a la basura, sobre las tiras de grasa que le había quitado al cordero. Dejó correr el agua en el fregadero, remojó el cuchillo y luego la tabla para picar, y se pasó un limón por los dedos para deshacerse del olor a ajo, un truco que había aprendido de Shoba. Eran las siete y media. A través de la ventana vio el cielo como un pequeño vacío negro. Todavía había sobre las banquetas algunos bancos disparejos de nieve, a pesar de que hacía el calor suficiente como para caminar sin gorro ni guantes. Habían caído casi noventa centímetros en la última tormenta, y la gente tenía que caminar en una sola fila, en surcos estrechos. Durante una semana ésa había sido la excusa de Shukumar para no salir de casa. Pero ahora los surcos se estaban ensanchando, y el agua escurría constantemente hacia los desagües en el pavimento.
“El cordero no va a estar listo a las ocho,” dijo Shukumar. “Vamos a tener que comer a oscuras.”
“Podemos prender velas,” sugirió Shoba. Se soltó el pelo, limpiamente recogido en la nuca durante el día, y se sacó las zapatillas sin desamarrarlas. “Voy a darme una ducha antes de que se vaya la luz”, dijo ella, dirigiéndose a la escalera. “Ahora bajo.”
Shukumar puso su morral y sus zapatillas a un costado del refrigerador. Ella nunca había sido así. Solía colgar su abrigo en una percha, sus zapatillas en el armario y pagaba las facturas tan pronto como llegaban; pero ahora ella trataba la casa como si ésta fuera un hotel. El hecho de que el sillón amarillo de la sala no combinara con la alfombra turca azul y marrón ya no le molestaba. En el porche de la parte trasera de la casa, sobre la silla de mimbre, había una bolsa blanca llena de encaje que ella alguna vez había pensado en convertir en cortinas.
Mientras Shoba se bañaba, Shukumar fue al baño de abajo y encontró un nuevo cepillo de dientes en su caja bajo el lavamanos. Las duras y baratas cerdas le hirieron las encías y escupió sangre en el lavabo. El cepillo que usaba era uno de los muchos almacenados en una caja de metal. Shoba los había comprado una vez en que estaban de descuento suponiendo que un invitado decidiera, a última hora, quedarse a pasar la noche.
Era típico de ella. Era del tipo que se prepara para las sorpresas, para las buenas y para las malas. Si encontraba una falda o un bolso que le gustara compraba dos. Guardaba las utilidades de su trabajo en una cuenta separada a su nombre. Eso no le había preocupado a él. Su propia madre se había destrozado cundo murió su padre, abandonando la casa en la que creció y regresando a Calcuta, dejando a Shukumar para que arreglara todo. Le gustaba que Shoba fuera diferente. Le asombraba la capacidad que tenía ella para pensar por adelantado. Cuando iba a hacer la compra, la despensa estaba siempre llena de botellas extra de aceite de oliva y de maíz, dependiendo de si iba a cocinar italiano o indio. Había innumerables cajas de pasta de todas las formas y colores, bolsas cerradas de arroz bastami, piernas enteras de cordero y de cabra de los carniceros musulmanes de Haymarket, cortadas y congeladas en interminables bolsas de plástico. Cada dos sábados recorrían el laberinto de puestos que Shukumar acabó aprendiendo de memoria. Observaba boquiabierto cómo ella compraba más comida, siguiéndola con bolsas de tela mientras ella se abría paso en la multitud, peleándose en el sol con niños demasiado jóvenes para afeitarse pero ya sin algunos dientes, que cerraban bolsas cafés de papel con alcachofas, ciruelas, raíces de jengibre y camotes, y los dejaban caer en sus básculas, y se los aventaban a Shoba uno por uno. A ella no le importaba que la trataran con brusquedad, ni siquiera cuando estaba embarazada. Era alta, y de hombros anchos, con unas caderas que la doctora aseguró estaban hechas para tener hijos. Durante el largo regreso en auto a casa, mientras el coche corría junto al Charles, invariablemente se maravillaban ante cuánta comida habían comprado.
Nunca se desperdiciaba nada. Cuando los amigos los visitaban, Shoba podía improvisar comidas que parecía que necesitaban medio día para prepararse, con cosas que había congelado y embotellado, no con cosas baratas de lata, sino con pimientos que ella misma había marinado en romero y chutneys que hacía los domingos, revolviendo jitomates y ciruelas en ollas hirviendo. Sus frascos etiquetados se alineaban en los estantes de la cocina, en un sinfín de pirámides selladas, suficientes, habían decidido, para durar hasta que sus nietos las probaran. Ahora ya se habían comido todo. Shukumar había ido usando las reservas continuamente, preparando comidas para los dos, sacando tazas de arroz, descongelando bolsas de carne día tras día. Cada tarde revisaba con cuidado los libros de cocina, siguiendo las instrucciones a lápiz de Shoba para usar dos cucharadas de cilantro molido y no una, o lentejas rojas en lugar de amarillas. Cada receta estaba fechada, diciendo la primera vez que habían comido ese platillo juntos. Dos de abril, col con hinojo. Catorce de enero, pollo con almendras y pasas. No tenía recuerdo de haber comido esas cosas y, sin embargo, ahí estaban anotadas con su limpia letra de correctora.
Shukumar disfrutaba cocinar ahora. Era lo que hacía que él se sintiera productivo. Si no fuera por él, sabía, Shoba se comería un plato de cereal para cenar.
Esa noche, sin luces, tendrían que cenar juntos. Durante meses se habían servido de la estufa y él se llevaba el plato al estudio, dejando que se enfriara la comida sobre la mesa antes de llevársela, sin pausa, a la boca, mientras que Shoba se llevaba el plato a la sala y veía los programas de concursos o corregía las pruebas con su arsenal de lápices de colores a la mano.
En algún momento de la tarde ella lo visitaba. Cuando él escuchaba que ella se aproximaba apartaba la novela y se ponía a teclear frases. Ella apoyaba las manos en sus hombros y lo miraba a la luz azul de la computadora. “No trabajes tanto”, le decía tras uno o dos minutos y se dirigía a la cama. Era la única vez en todo el día que ella lo buscaba y él, aún así, lo temía. Sabía que era algo que ella misma se obligaba a hacer. Ella miraría las paredes de la habitación que habían decorado juntos el verano pasado con una cenefa de patos desfilando y conejos tocando trompetas y tambores. A finales de agosto había una cuna de cerezo bajo la ventana, una mesa blanca transformable con empuñaduras verde-menta y una mecedora con cojines a cuadros. Shukumar lo había desmontado todo antes traer a Shoba de vuelta a casa del hospital, rascando con una espátula los conejos y los patos. Por alguna razón la habitación no le asustaba tanto como a Shoba. En enero, cuando dejó de trabajar en la biblioteca, puso en esa habitación, deliberadamente, su escritorio, en parte porque la habitación lo calmaba, en parte porque era un lugar que Shoba evitaba.
Shukumar regresó a la cocina y empezó a abrir cajones. Trató de localizar una vela entre las tijeras, los batidores, el mortero que ella había comprado en un bazar en Calcuta y que usaba para moler dientes de ajo y vainas de cardamomo, cuando solía cocinar. Encontró una linterna, pero no las pilas, y una caja de velitas de cumpleaños medio vacía. Shoba le había hecho una fiesta sorpresa el mayo anterior. Ciento veinte personas se habían amontonado en la casa: todos los amigos y los amigos de los amigos que ahora evadían sistemáticamente. Botellas de vino verde anidadas en una cama de hielo en la tina en el baño. Shoba estaba en su quinto mes, bebiendo ginger ale en una copa de martini. Había hecho un pastel de vainilla con natillas y caramelo. En la fiesta, toda la noche mantuvo los largos dedos de Shukumar entrelazados
con los suyos mientras caminaban entre los invitados.
Desde septiembre su único invitado había sido la madre de Shoba. Llegó desde Arizona y se quedó con ellos dos meses después de que Shoba regresase del hospital. Cocinaba la cena todas las noches, manejaba hasta el supermercado, lavaba la ropa, la guardaba. Era una mujer religiosa. Tenía un pequeño altar, una imagen enmarcada de una diosa con cara color lavanda y un plato con pétalos de caléndula en la mesita junto a su cama en el cuarto de invitados, y dos veces al día rezaba pidiendo nietos saludables en un futuro. Era amable con Shukumar sin ser amistosa. Doblaba sus suéteres con la habilidad que había aprendido de su trabajo en una tienda departamental. Remplazó un botón en su abrigo de invierno y le tejió una bufanda azul y beige presentándosela a Shukumar sin ninguna ceremonia, como si sólo se le hubiera caído y no se hubiera dado cuenta. Nunca le hablaba de Shoba. Una vez, cuando él mencionó la muerte del bebé, dejó de tejer, lo miró, y le dijo “Pero tú ni siquiera estabas ahí.”
Le pareció extraño que no hubiera velas de verdad en la casa; que Shoba no se hubiera preparado para una emergencia tan común. Ahora buscaba algo para poner las velitas de cumpleaños, y se conformó con la tierra de la maceta de una enredadera que normalmente se estaba en la ventana sobre la tarja. Aunque la planta estaba cerca, la tierra estaba tan seca que tuvo que regarla para que las velas pudieran mantenerse en pie. Apartó las cosas de la mesa de la cocina, el montón de correo, los libros sin leer de la biblioteca. Recordaba sus primeras comidas ahí, cuando estaban tan emocionados de estar casados, de estar viviendo, al fin, en la misma casa, que simplemente se buscaban el uno al otro a lo loco, que estaban más ansiosos de hacer el amor que de comer. Quitó de la mesa dos manteles, regalo de boda de una tía de Lucknow, y colocó los platos y las copas de vino que normalmente guardaban para cuando había invitados. Puso la hiedra en medio, con las hojas en forma de estrella y bordes blancos. Encendió el reloj-radio digital y lo puso en una estación de jazz.
“¿Qué es todo esto?” dijo Shoba cuando bajó las escaleras. Su pelo estaba envuelto en una toalla blanca muy apretada. Se quitó la toalla y la dejó sobre una silla, dejando que su pelo, oscuro y húmedo, cayera por su espalda. Mientras andaba ausente hacia la estufa deshizo algunos nudos con los dedos. Llevaba un pantaloncillo limpio, una playera, una bata vieja de franela. Su estómago lucía plano de nuevo, su cintura delgada antes de la protuberancia de las caderas, el cinturón de la bata atado con un nudo apretado.
Eran casi las ocho. Shukumar puso el arroz en la mesa y las lentejas del día anterior en el microondas, apretando los números en el contador.
“Hiciste rogan josh,” observó Shoba mirando el brillante estofado con páprika por la tapa de cristal.
Shukumar agarró un trozo de cordero con los dedos rápidamente para no quemarse. Agarró otro trozo, mayor, con un cucharón para asegurarse de que la carne salía limpiamente del hueso. “Está listo,” anunció.
El microondas pitó cuando se apagaron las luces y se fue la música.
“Justo a tiempo,” dijo Shoba.
“Sólo pude encontrar velitas de cumpleaños.” Encendió las de la enredadera, dejando el resto delas velitas y una caja de cerillos junto a su plato.
“No importa,” dijo, moviendo un dedo a lo largo de su copa. “Se ve hermoso.”
En la penumbra, él sabía cómo se sentaba ella, un poco adelantada en la silla, los tobillos cruzados contra ésta, el codo izquierdo en la mesa. Durante su búsqueda de velas, Shukumar había encontrado una botella de vino en una caja que pensaba estaba vacía. Detuvo la botella en sus rodillas mientras daba vueltas al sacacorchos. Para no tirar vino levantó los vasos y los sostuvo cerca de sus rodillas mientras los llenaba. Cada uno se sirvió, revolviendo el arroz con los tenedores, entrecerrando los ojos mientras extraían hojas y especias del guiso. Cada cierto tiempo, Shukumar encendía unas cuantas velitas más y las metía en la tierra de la maceta.
“Es como en la India,” dijo Shoba, observándolo cuidar su candelabro improvisado. “A veces la electricidad se va por horas. Una vez estuve en toda una ceremonia del arroz en la oscuridad. El bebé sólo lloraba y lloraba. Seguro hacía mucho calor.”
Su bebé nunca había llorado, reflexionó Shukumar. Su bebé nunca iba a tener una ceremonia del arroz, a pesar de que Shoba ya había hecho la lista de invitados y decidido a cuál de sus tres hermanos le iba a pedir que le diera al bebé su primer bocado de comida sólida, a los seis meses si era niño, a los siete si era niña.
“¿Tienes calor?” Le preguntó. Empujó la resplandeciente maceta al otro extremo de la mesa, más cerca de las pilas de libros y correo, haciendo todavía más difícil que se pudieran ver. De repente
le irritó no poder subir y sentarse enfrente de la computadora.
“No. Está delicioso,” dijo ella, golpeando el plato con su tenedor. “Lo está.”
Él le rellenó la copa. Ella se lo agradeció.
No eran así antes. Ahora él tenía que decir algo que le resultara interesante a ella, algo que la hiciera levantar la vista del plato o de sus galeradas. De hecho, él ya había desistido de entretenerla. Había aprendido a que no le afectaran los silencios.
“Recuerdo que durante los momentos que se iba la luz en casa de mi abuela, todos teníamos que contar algo”, continuó Shoba. Apenas podía ver su rostro pero por el tono de sus palabras él sabía que sus ojos estaban entornados como si intentara fijar su mirada en un objeto distante. Era uno de sus hábitos.
“¿Como qué?”
“No sé. Un poema. Un chiste. Un dato sobre el mundo. No sé por qué mis parientes siempre querían que les dijera el nombre de mis amigos de América. No sé por qué esa información era tan importante para ellos. La última vez que vi a mi tía me preguntó por cuatro muchachas que habían estudiado la primaria conmigo en Tucson. Apenas las recordaba.”
Shukumar no había pasado tanto tiempo en la India como Shoba. Sus padres, que se habían asentado en New Hampshire, solían regresar sin él. La primera vez que había ido, de niño, casi muere de disentería. Su padre, un tipo nervioso, tenía miedo de llevarlo otra vez, no fuera a ser que algo ocurriera, y lo dejaban con una tía y un tío en Concord. Como adolescente prefería ir a un campamento de vela o vender helados que pasar los veranos en Calcuta. No fue hasta que murió su padre, en su último año de universidad, que el país comenzó a interesarle y estudió su historia en los libros de texto como si fuera otra asignatura cualquiera. Ahora deseaba tener su propia historia de una infancia en la India.
“Hagámoslo,” dijo ella de repente.
“¿Hacer qué?”
“Decirnos algo en la oscuridad.”
“¿Cómo qué? No me sé ningún chiste.”
“No, chistes no.” Pensó un minuto. “¿Qué tal si nos contamos algo que nunca hayamos contado?”
“Yo jugaba este juego en la secundaria” recordó Shukumar, “cuando me emborrachaba.”
“Estás pensando en verdad o castigo. Esto es diferente. Bueno, yo empiezo.” Tomó un sorbo de vino. “La primera vez que estuve sola en tu departamento, miré en tu agenda para ver si me habías puesto. Creo que nos habíamos conocido hace dos semanas.”
“¿Yo dónde estaba?”
“Fuiste a contestar el teléfono en el otro cuarto. Era tu madre, y supuse que iba a ser una llamada larga. Quería saber si me habías ascendido de los márgenes de tu periódico.”
“¿Lo había hecho?”
“No. Pero no me rendí. Ahora es tu turno.”
No se le podía ocurrir nada, pero Shoba estaba esperando a que hablara. No había estado tan decidida en meses. ¿Qué quedaba que él le dijera? Recordó su primer encuentro, cuatro años antes en una sala de conferencias en Cambridge, donde un grupo de poetas bengalíes daban un recital. Terminaron uno al lado del otro, en sillas plegables de madera. Shukumar se aburrió rápido; era incapaz de descifrar la dicción literaria, y no podía unirse al resto del público mientras suspiraban y asentían solemnemente después de ciertas frases. Asomándose al periódico doblado en sus piernas estudió la temperatura de distintas ciudades alrededor del mundo. Noventa y un grados ayer en Singapur, cincuenta y uno en Estocolmo. Cuando volvió la cabeza a la izquierda, vio junto a él a una mujer haciendo una lista de compras en la parte de atrás de un fólder, y se asombró al descubrir que era hermosa.
“Bueno” dijo, recordando. “La primera vez que salimos a cenar, en el restaurante portugués, se me olvidó dejarle propina al camarero. Regresé a la mañana siguiente, averigüé su nombre y le dejé el dinero al jefe de sala.”
“¿Regresaste desde Somerville sólo para darle la propina a un camarero?”
“Tomé un taxi.”
Las velas de cumpleaños se habían agotado pero él se imaginaba perfectamente la cara de ella en la oscuridad, los ojos abiertos y brillantes, los labios llenos y con tonalidad de uva, la caída a los dos años de una silla aún visible como una coma en su barbilla. Cada día, se había dado cuenta Shukumar, su belleza, que una vez lo había superado, parecía desvanecerse. El maquillaje que le había parecido superfluo ahora era necesario, no para mejorarla; sino para definirla.
“Pero al final de la cena tenía el raro presentimiento de que me casaría contigo,” dijo admitiéndolo para sí mismo y también para ella por primera vez. “Debo haberme distraído.”
La noche siguiente Shoba llegó a casa antes de lo normal. Estaba el cordero que había sobrado de la noche anterior y Shukumar lo calentó de tal modo que pudieran cenar a las siete. Ese día había salido, por entre la nieve que se fundía, y había comprado un paquete de velas en la tienda de la esquina y pilas para la linterna. Tenía las velas preparadas en la barra, en candelabros que semejaban lotos, pero comieron bajo la lámpara de techo color bronce que colgaba sobre la mesa.
Cuando terminaron de comer, Shukumar estaba sorprendido de ver que Shoba ponía su plato sobre el de él y después los llevaba a la tarja. Él había asumido que ella se retiraría a la sala, pertrechada detrás de su barricada de galeradas.
“No te preocupes de los platos,” dijo, quitándoselos de las manos.
“Me parece tonto no lavarlos,” respondió, dejando caer una gota de detergente en la esponja. “Ya son casi las ocho.”
Su corazón se aceleró. Todo el día Shukumar había esperado a que las luces se fueran. Pensó en lo que Shoba había dicho la noche anterior, que había mirado su agenda. Se sentía bien al recordarla como era antes, tan valiente y, sin embargo, tan nerviosa cuando se conocieron; tan esperanzada. Se pararon el uno junto al otro frente al fregadero, sus reflejos juntos enmarcados en la ventana. Lo hizo sentir tímido, de la misma manera que se sintió la primera vez que se habían visto juntos en un espejo. No podía recordar la última vez que los habían fotografiado. Habían dejado de asistir a fiestas, no iban a ningún lado juntos. El rollo de su cámara todavía tenía fotos de Shoba en el jardín, cuando estaba embarazada.
Después de terminar de lavar los platos, se apoyaron contra la repisa, secándose las manos con cada extremo de una toalla. A las ocho, la casa se apagó. Shukumar prendió las mechas de las velas, impresionado por sus largas y estables llamas.
“Vamos a sentarnos afuera” dijo Shoba. “Creo que todavía hace calor.”
Cada uno agarró una vela y se sentó en los escalones. Era extraño estar sentado afuera mientras todavía había manchas de nieve en la banqueta. Pero todos estaban fuera de sus casas esa noche, con una brisa lo suficientemente fría como para poner a la gente nerviosa. Se abrían y cerraban puertas con mosquiteros. Un pequeño desfile de vecinos pasó con linternas.
“Vamos a la librería a ojear los libros” dijo un hombre con el pelo plateado. Caminaba con su esposa, una señora delgada con rompevientos y que llevaba a un perro con su correa. Eran los Bradfords, y habían introducido una tarjeta de condolencia en su buzón en septiembre. “Escuché que tienen electricidad.”
“Eso espero” dijo Shukumar. “O si no van a tener que ojear en la oscuridad.”
La mujer se rió, pasando su brazo por el hueco que formaba el codo de su marido. “¿Quieren venir con nosotros?”
“No, gracias,” dijeron Shoba y Shukumar a la vez. A Shukumar le sorprendió que sus palabras coincidieran y se empataran con la voz de ella.
Se preguntaba qué le diría Shoba en la oscuridad. Las peores posibilidades ya habían corrido por su cabeza. Que tenía una aventura. Que no le respetaba por tener treinta y cinco y seguir siendo un estudiante. Que lo culpaba por estar en Baltimore como lo hacía la madre de ella. Pero sabía que esas cosas no eran ciertas. Ella había sido fiel como él lo había sido. Ella creía en él. Fue ella la que insistióque fuera a Baltimore. ¿Qué no sabían el uno del otro? Él sabía que ella cerraba los dedos cuando dormía, que ella temblaba en medio de las pesadillas. Sabía que prefería el melón dulce al melón normal. Sabía que cuando regresaron del hospital lo primero que ella hizo al entrar a la casa fue agarrar las cosas de ambos y tirarlas en el pasillo: libros de los estantes, plantas de las ventanas, cuadros de las paredes, fotografías de las mesas, cacerolas y sartenes que colgaban de ganchos sobre la estufa. Shukumar se había apartado de su lado observándola conforme se movía metódicamente de habitación en habitación. Cuando estuvo satisfecha se quedó allí mirando la pila que había hecho, loslabios hacia atrás con tal gesto de disgusto que Shukumar pensaba que iba a escupir. Después, empezó a llorar.
Empezó a sentirse frío mientras estaban ahí sentados en las escaleras. Sentía que ella debía hablar primero para comportarse recíprocamente.
“Aquella vez que vino tu madre a visitarnos,” dijo ella al fin. “Cuando te dije que tenía que quedarme a trabajar hasta tarde, me fui con Gillian a tomar un martini.”
Él miró su rostro, la nariz delgada, la forma casi masculina de su mandíbula. Recordaba aquella noche bien. Comiendo con su madre, cansado de dar dos clases seguidas, deseando que Shoba estuviera ahí para decir las cosas adecuadas pues a él sólo se le ocurrían las inadecuadas. Habían pasado doce años desde que su padre murió, y su madre había venido a pasar dos semanas con él y Shoba para que pudieran honrar la memoria de su padre juntos. Cada noche, su madre cocinaba algo que le gustaba a su padre, pero estaba demasiado afligida como para comer, y sus ojos se humedecían mientras Shoba acariciaba su mano. “Es tan conmovedor” le había dicho Shoba en esa época. Ahora se imaginaba a Shoba con Gillian, en el bar con sillones de terciopelo a rayas, al que solían ir después del cine, ella asegurándose de que le pusieran una aceituna extra, pidiéndole a Gillian un cigarrillo. La imaginó quejándose, y a Gillian simpatizando sobre las visitas de los suegros. Fue Gillian el que llevó a Shoba al hospital.
“Te toca” le dijo, deteniendo sus pensamientos.
Shukumar escuchó, viniendo del final de la calle, el ruido de un taladro y a los electricistas gritando. Miró las fachadas oscurecidas de las casas alineadas en la calle. Brillaban velas en las ventanas de una. A pesar del calor, salía humo de la chimenea.
“Hice trampa en mi examen de Civilización Oriental en la universidad” dijo. “Era mi último semestre, los últimos exámenes. Mi padre había muerto unos meses antes. Podía ver el libro azul del tipo sentado junto a mí. Era un tipo americano, un maníaco. Sabía urdu y sánscrito. No me acordaba si el verso que teníamos que identificar era ejemplo de un ghazal o no. Vi su respuesta y la copié.”
Había sucedido hacía más de quince años. No se sintió aliviado al haberlo dicho.
Ella lo volteó a ver, mirando no su cara sino sus zapatos (mocasines viejos que usaba como pantuflas, el cuero de la parte de atrás permanentemente aplastado). Él se preguntó si le había molestado lo que había dicho, lo que diría ella. Tomó su mano y la apretó. “No tienes que decirme por qué lo hiciste,” dijo ella acercándose a él.
Se sentaron juntos hasta las nueve que regresó la luz. Oyeron que la gente en la calle aplaudía en los porches y las televisiones que se prendían. Los Bradfords regresaron por la calle, comiendo helado y los saludaron con la mano. Shoba y Shukumar devolvieron el saludo. Después se levantaron, la mano de él todavía en la de ella y entraron a la casa.
De algún modo, sin decir nada, se había convertido en eso. En un intercambio de confesiones, los modos en que se herían o se decepcionaban el uno al otro y a sí mismos. Al día siguiente, Shukumar se puso a pensar durante horas en lo que iba a decirle. Estaba dividido entre admitir que una vez había arrancado una fotografía de una mujer de una de las revistas de moda a las que ella estaba suscrita y la había llevado entre sus libros una semana o decirle que en realidad no había perdido el chaleco que ella le había regalado para su tercer aniversario sino que lo había cambiado por dinero en Filene’s y que se había emborrachado a mitad del día en el bar de un hotel. Para su primer aniversario, Shoba había cocinado una cena de diez platos para él. El chaleco le había deprimido. “Mi esposa me regaló un chaleco para nuestro aniversario,” se quejó con el cantinero, con la cabeza pesada por el coñac. “¿Qué esperaba?” respondió el cantinero. “Está casado.”
Él no sabía por qué había arrancado la fotografía de la mujer. No era tan hermosa como Shoba. Llevaba un vestido de lentejuelas y tenía un rostro tosco y magro, piernas masculinas. Sus brazos desnudos estaban alzados, los puños alrededor de la cabeza como si estuviera a punto de golpearse las orejas. Era un anuncio de medias. Shoba estaba embarazada en aquella época, su estómago de repente inmenso, a tal punto que Shukumar ya no la quería tocar. La primera vez que él vio la foto estaba en la cama acostado junto a ella, observándola mientras leía. Cuando descubrió la revista en la pila de reciclaje encontró a la mujer y arrancó la página lo más cuidadosamente que pudo. Durante una semana la estuvo mirando cada día. Sentía un deseo inmenso hacia la mujer, pero era un deseo que se convertía en asco después de uno o dos minutos. Era lo más cerca que había estado de la infidelidad.
Le contó a Shoba lo del chaleco la tercera noche, lo de la foto en la cuarta. Ella no dijo nada mientras él hablaba, no expresó protestas ni reproches. Simplemente lo escuchó, y luego agarró su mano, apretándola como hacía antes. La tercer noche ella le contó que una vez después de una conferencia a la que habían ido, lo dejó hablar con el jefe de su departamento sin decirle que tenía un poquito de paté en la barbilla. Estaba molesta con él por alguna razón y lo había dejado hablar y hablar acerca de asegurar su beca el próximo semestre, sin llevarse un dedo a su propia barbilla como señal. En la cuarta noche, dijo que nunca le había gustado el único poema que él había publicado en toda su vida, en una revista literaria de Utah. Había escrito el poema después de conocer a Shoba. Añadió que le parecía cursi.
Algo pasaba cuando la casa estaba oscura. Eran capaces de hablarse nuevamente. La tercera noche, después de cenar, se sentaron juntos en el sillón, y una vez que estuvo oscuro la empezó a besar torpemente en la frente y la cara y, aunque estaba oscuro, cerró los ojos y supo que ella también los cerró. La cuarta noche subieron cuidadosamente a la cama, buscando juntos con los pies el último escalón antes del descanso e hicieron el amor con una desesperación que habían olvidado. Ella lloró pero sin sonido y susurró su nombre y dibujó sus cejas con sus dedos en la oscuridad. Cuando le hacía el amor él se preguntaba lo que le diría la noche siguiente y lo que ella diría. Pensar en eso le excitaba. “Abrázame,” dijo él, “abrázame en tus brazos,” Para cuando regresaron las luces, se habían quedado dormidos.
La mañana de la quinta noche Shukumar encontró otra nota de la compañía eléctrica. Los cables habían sido reparados antes de lo previsto, decía. Se enojó. Él había planeado hacer camarón malai para Shoba pero al llegar de la tienda ya no se sintió con ganas de cocinar. No era lo mismo, pensaba, saber que las luces no se irían. En la tienda, el camarón parecía delgado y gris. La leche de coco estaba llena de polvo y era cara. Aún así, los compró, y también compró una vela de cera de abeja y dos botellas de vino.
Ella llegó a casa a la siete y media. “Supongo que es el final de nuestro juego” dijo él cuando la vio leer la nota.
Ella lo miró. “Si quieres puedes prender las velas.” Ella no había ido al gimnasio. Llevaba un traje debajo del abrigo. Se había retocado el maquillaje hacía poco.
Cuando ella subió las escaleras para cambiarse, Shukumar se sirvió vino y puso un disco, un álbum de Thelonius Monk que sabía que a ella le gustaba.Cuando bajó, cenaron juntos. Ella no le agradeció ni lo elogió. Simplemente comieron en una habitación oscura a la luz de una vela de cera de abeja. Habían sobrevivido una época difícil. Se terminaron los camarones. Se terminaron la primera botella de vino y comenzaron con la segunda. Se sentaron juntos hasta que la vela ardió casi por completo. Ella se movió en su silla y Shukumar pensaba que iba a decir algo. Pero ella se levantó, apagó la vela, se puso de pie, prendió la luz y se sentó de nuevo.
“¿No deberíamos seguir sin luz?” preguntó Shukumar.
Ella hizo su plato a un lado y puso sus manos sobre la mesa. “Quiero que me veas mientras te digo esto” dijo con suavidad.
El corazón de Shukumar empezó a latir con fuerza. Cuando le dijo que estaba embarazada usó las mismas palabras, las dijo con la misma suave manera, apagando el partido de básquetbol que él estaba viendo en la televisión. No había estado preparado entonces. Ahora sí lo estaba.
Sólo que él no quería que ella estuviera embarazada otra vez. No quería tener que fingir estar feliz.
“He estado buscando un departamento y encontré uno” dijo, fijando los ojos en algo que parecía estar por encima de su hombro derecho. “No es culpa de nadie,” continuó. Había soportado demasiadas cosas. Necesitaba estar sola un tiempo. Tenía algo de dinero ahorrado para hacer el primer depósito. El departamento estaba en la calle Beacon, y podía ir caminando al trabajo. Había firmado los papeles esa noche antes de llegar a casa.
Ella no lo veía, pero él la observaba. Era obvio que había practicado las líneas. Todo este tiempo había estado buscando un departamento, probando la presión del agua, preguntando si la calefacción y el agua caliente estaban incluidas en la renta.
A Shukumar le daba asco saber que había pasado los últimos tres días preparándose para una vida sin él. Se sentía aliviado y, a la vez, asqueado. Eso era lo que le estuvo tratando de decir estas últimas veladas. Ése era el objetivo de su juego.
Ahora le tocaba hablar a él. Había algo que había jurado nunca le iba a decir, y por seis meses había hecho todo lo posible para sacarlo de su mente. Antes del ultrasonido ella le había pedido al doctor que no le dijera el sexo de su bebé, y Shukumar estuvo de acuerdo. Ella quería que fuera una sorpresa.
Después, aquellas pocas veces que habían hablado de lo ocurrido ella dijo que, por lo menos, se habían ahorrado saber eso. De alguna manera estaba orgullosa de su decisión, pues la dejaba refugiarse en el misterio. Él sabía que ella asumía que era un misterio para él también. Él había llegado demasiado tarde de Baltimore, cuando ya todo había terminado y ella estaba tumbada en la cama de hospital. Pero no. Él había llegado lo suficientemente pronto como para ver a su bebe y abrazarlo antes de que lo cremaran. Al principio había rechazado la sugerencia
pero el doctor le había dicho que abrazar al bebé podía ayudarle con el proceso del duelo. Shoba
estaba dormida. Habían limpiado al bebé que tenía los párpados hinchados y cerrados con fuerza al mundo.
“Nuestro bebé fue niño”, dijo él. “Su piel era más roja que marrón. Tenía el pelo negro. Pesó casi dos kilos y medio. Sus dedos estaban cerrados como los tuyos por la noche.”
Shoba ahora lo miraba con el rostro retorcido por la pena. Él había copiado en un examen, arrancado
la fotografía de una mujer de una revista. Había devuelto un chaleco y se había emborrachado a mitad del día. Había sostenido contra el pecho a su hijo, que sólo había conocido vida dentro de ella, en una habitación de hospital oscura en un ala desconocida
del edificio. Lo había abrazado hasta que una enfermera tocó a la puerta y se llevó al bebé y él se prometió a sí mismo ese día que nunca le diría a Shoba porque por aquel entonces aún la amaba y era lo único en la vida de ella que ella querría que fuera un misterio.
Shukumar se levantó y puso su plato sobre el de ella. Llevó los platos hasta el fregadero pero en lugar de dejar correr el agua miró por la ventana. Afuera la noche aún era templada y los Bradford paseaban del brazo. Mientras observaba a la pareja la habitación se oscureció y él se dio la vuelta. Shoba había apagado la luz. Ella regresó a la mesa y se sentó y, al momento, Sukumar se le unió. Lloraron juntos por todas las cosas que ahora sabían.