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jueves, 14 de mayo de 2015

Ladras o mueres

de Luna Miguel



También he visto a los mejores cerebros de mi generación
destruidos por el emoticono. 

He visto sus rostros inexpresivos.
He leído sus poemas fotocopiados. 

No conozco su violencia 
pero intuyo un nuevo aullido. 
Un grito seco.
Un grito de amor.  

Porque también he amado a los mejores cerebros de mi generación: 
los he besado y masticado,
los he deseado tanto. 

Cerebros que vienen del cielo 
cegados por una luz que no parecía suficiente
y que ahora quema la entraña
de mis antiguos versos. 

Cerebros que he sido y cerebros que seré. 
Drogas que he consumido. Medicinas. 
Besos que he rechazado y que ahora necesito. 
Sesos de animal que mi madre cocinaba
antes de cambiar de ciudad
y dejar
las cucarachas del armario
en el olvido. 

Cerebros recitando de memoria.
Cerebros escribiendo de memoria. 
Ignorantes neuronas
vomitando de memoria.

He visto la generación a la que pertenezco y apenas la soporto. 
He visto a mi generación renegar de la literatura. 
La he visto y no me interesa.
La he visto y me parezco demasiado. 
La he visto muerta. 

                                                           del libro Poetry is not dead, de DVD ediciones

sábado, 9 de mayo de 2015

Postergada

de Miryam Hache





Los días rebotan como pelotas en mi pelo
el espejo del baño es todos los espejos
y mi reflejo un personaje
que tapa
la lentitud de mis finales,
esas arrugas o advertencias
esos trastornos de la piel.
Mientras
paso y paso y paso
bajo mi único nombre.

Ya escribí que soy transoceánica
multigeográfica
todas las errancias de las mujeres beat veladas
de los perros sin raza hijos de nadie
los anónimos muertos de sobredosis en raves
las escritoras postrománticas suicidas
los mendigos y sus cartones y sus carros de la compra
su horizontalidad y sus botellas en las puertas de los bancos
acristalados como obras de arte
que turistas imbeciles fotografían
como si fueran postales de carne
las actrices antiguas grabadas sin color
eternidazas entre el humo del glamour de los treinta
los acróbatas circenses de otro siglo
las piernas que danzan el folklore balcánico en Nueva York
las gargantas femeninas de Serbia,
los deformes de Arbus,
los asesinos de Hitchock,
mi ego es tan grande
que soy toda la belleza posible
la otra realidad bajo las urbes
soy el fucking infinito encajado en un cuerpo.
Soy una más de las que escribe
para ir más adentro del mundo.
No rutina
pausa repetida
un paréntesis
entre
toda
esa
belleza

que dejo.




lunes, 4 de mayo de 2015

Rasga(d) las vestiduras

de Laia López Mánrique





Ellas. Gorriones sobre la tierra negra, carruajes de lúnula, raspaduras. Quiénes son, dijeron: ellas, gorriones sobre la tierra negra, carruajes de lúnula,  raspaduras. [Ellas tienen]: No, ellas no tienen. Ellas guardan deseo. Ganas de hervir.
[Ellas guardan] Palabras y palabras donde hervir. Qué se hierve. Tal vez se hierve quien articula este discurso, estas palabras. Qué se hierba. Crecen a través de ellas los tallos, los tallos en la tierra negra: tallan esta lengua para mostrar la semejanza entre, la obscena semejanza, la disímil; la señalan, le hacen señas, porque no había nadie a quien ceder la imagen más allá del espejo y sí, lo hubo, donde el espejo limita con el suelo, donde limita y hay el suelo, donde se asienta, asiente, y ellas asienten, ellas se colocan en el margen de recorte, su integridad volcada.
Ellas guardan el daño, un daño inscrito: un daño lateral, pronunciado. Un daño ligero como los restos de piel en la muda. Para significar que fueron hubieron de robar una tela estrecha y rijosa y arañarla, para significar que fueron hubieron de asestar el golpe en la crin del caballo, decir: historia, decir: histeria, pronunciar las palabras donde no había palabras sino un zumbido arcano y contagioso (zzzzzzzzzzumbido, lo oiremos antes que las palabras, el zumbido de ellas, zzzzzzzzzumbido, llegará antes que las palabras dibujando sus llagas su música, antes que las palabras el sssssssssilencio dispuesto en la mesa como un mantel lleno de migajas, promontorios.)

Ábsides bajo la tierra negra, bajo la tierra crecen , añoran y buscan, bajo la tierra las fieles, las taimadas, hacen chocar sus uñas contra el primer estrato y el segundo estrato y el tercer estrato (...) porque no entienden lo que es la muerte, porque la muerte en ellas se extiende y extendiéndose existe como una forma de vida otra, ellas zzzzzzzzzumban, broncas y livianas en la transfiguración, surcan, acarician con la yema abierta la tierra que las expulsaba.


Tomado de: http://revistakokoro.com/

sábado, 2 de mayo de 2015

Agujeros negros

de Samanta Schweblin 



       El doctor Ottone se detiene en el pasillo y, muy despacio al principio, comienza a balancearse sobre las plantas de sus pies, con la mirada fija en alguno de los azulejos blancos y negros que cubren todos los pasillos del hospital, así que el doctor Ottone está pensando. Después toma una decisión, vuelve a entrar al consultorio, prende las luces, deja sobre el sillón sus cosas y busca, entre todo lo que hay en su escritorio, la carpeta de la señora Fritchs, así que Ottone está ocupado con algún tema y se propone encontrar una solución, una repuesta al menos, o derivar ese tema a otro doctor, por ejemplo al doctor Messina. Abre la carpeta, busca una página determinada que encuentra y lee: “...Agujeros negros ¿Me entiende? Usted está acá, por ejemplo, y de pronto está en su casa, en su cama, con el pijama ya puesto, y sabe perfectamente que no ha cerrado el consultorio, ni apagado las luces, ni recorrido lo que tenga que recorrer para llegar a su casa, es más, ni siquiera se ha despedido de mí. ¿Entonces? ¿Cómo puede ser que usted esté en su cama con el pijama puesto? Bueno, eso es un espacio vacío, un agujero negro como le digo, un tiempo cero, como lo quiera llamar, ¿qué más si no?...”
       El doctor Ottone guarda la carpeta, recoge sus cosas, apaga las luces, cierra con llave y se dirige hacia el consultorio del doctor Messina, a quien está seguro de encontrar a esa hora. Ottone efectivamente encuentra a Messina pero dormido sobre el escritorio y con una estatuilla en la mano. Lo despierta y le entrega la carpeta de la señora Fritchs. Messina, un poco dormido aún, se pregunta, o le pregunta a Ottone, por qué se ha despertado con una estatuilla en la mano. Con un gesto, Ottone responde que no sabe. Messina abre el cajón de su escritorio y le ofrece una galleta a Ottone, galleta que Ottone acepta. Messina abre la carpeta.
       -Lea la página quince- dice Ottone.
       Messina busca, encuentra y lee, todo cuidadosamente, la página quince. Ottone espera atento. Cuando termina su lectura, Ottone le pide una opinión.
       -¿Y usted cree en esto, Ottone?
       -¿En agujeros negros?
       -¿De qué estamos hablando?
       Así que Ottone recuerda el vicio de Messina de responder sólo con preguntas y eso lo pone nervioso.
       -Hablamos de agujeros negros, Messina...
       -¿Y usted cree en eso, Ottone?
       -No, ¿Y usted?
       Messina abre otra vez su cajón.
       -¿Quiere otra galleta, Ottone?
       Ottone agarra la galleta que Messina le ofrece. 
       -¿Cree o no cree?- Insiste Ottone.
       -¿Yo conozco a esta señora...?
       -...Fritchs, la señora Fritchs. No, no creo que la conozca, sólo vino a verme dos veces y es su primer tratamiento.
       Alguien toca la puerta del consultorio y se asoma. Ottone reconoce al portero y pregunta:
       -¿Qué necesita, Sánchez?
       El portero explica con sorpresa que la señora Fritchs espera al doctor Ottone en la sala de ese piso. Messina recuerda al portero que son las diez de la noche y el portero explica que la señora Fritchs se niega a irse.
       -No quiere irse, está en pijama, sentada en la sala y dice que no se va si no habla con el doctor Ottone, qué quiere que le haga yo...
       -¿Por qué  no la trajo, entonces?- pregunta Messina mientras mira la estatuilla.
       -¿La traigo acá? ¿A su consultorio? ¿O al del doctor Ottone?
       -¿Que le pregunté yo a usted?
       -Que porqué  no la traje.
       -¿No la trajo a dónde, Sánchez?
       -Acá.
       -¿Dónde es acá?
       -A su consultorio, doctor.
       -¿Entiende ahora, Sánchez?, ¿A donde tiene que traerla entonces?
       -A su consultorio, doctor.
       Sánchez se inclina levemente, saluda y se retira. Ottone mira a Messina, la mandíbula de Messina que oprime la fila de dientes superior con la inferior, así que Ottone está nervioso y aún espera una respuesta de Messina, doctor que comienza a guardar sus cosas y a acomodar papeles del escritorio. Ottone pregunta.
       -¿Se va?
       -¿Me necesita para algo?
       -Dígame al menos qué opina, qué cree que conviene hacer. ¿Por qué no la ve usted?
       Messina, ya desde la puerta del consultorio, se detiene y mira a Ottone con una leve, apenas marcada, sonrisa.
       -¿Qué diferencia hay entre la Señora Fritchs y el resto de sus pacientes?
       Ottone piensa en contestar, así que su dedo índice empieza a subir desde donde reposa hacia la altura de su cabeza, pero se arrepiente y no lo hace. Queda entonces el dedo índice de Ottone suspendido a la altura de su cintura, sin señalar ni indicar nada preciso.
       -¿A que le tiene miedo, Ottone?- pregunta Messina y se retira cerrando la puerta, dejando a Ottone solo y con su dedo índice que baja lentamente hasta quedar colgado del brazo. En ese momento entra la Señora Fritchs. La señora Fritchs lleva un pijama, celeste, con detalles y puntillas blancas en cuello, mangas, cinto y otros extremos. Ottone deduce que esta señora está en un estado nervioso considerable, y deduce esto por sus manos, que ella no deja de mover, por su mirada y por otras cosas que, aunque comprueban esos estados, Ottone considera que no necesitan ser enumeradas.
       -Señora Fritchs, usted está muy nerviosa, va a ser mejor si se calma.
       -Si usted no me soluciona este problema yo lo denuncio doctor, esto ya es un abuso.
       -Señora Fritchs, tiene que entender que usted está haciendo un tratamiento, los problemas que tenga no se van a solucionar de un día para el otro. 
       La Señora Fritchs mira indignada a Ottone, rasca el brazo derecho con la mano izquierda y habla.
       -¿Me toma por estúpida? Me está diciendo que tengo que seguir dando vueltas por la ciudad en pijama, pijama en el mejor de los casos, hasta que usted decida que el tratamiento está terminado. ¿Para qué pago yo ese seguro médico, a ver?
       Ottone piensa en el doctor Messina bajando las escaleras principales del hospital y esto le provoca diversas sensaciones, sensaciones en las que no va a profundizar ahora.
       -Mire- dice Ottone con paciencia, empezando a balancearse, lentamente al principio, sobre las plantas de sus pies- cálmese, entienda que usted está con problemas psicológicos, usted inventa cosas para ocultar otras cosas más importantes. Todos sabemos que usted no pasea en pijama por el hospital. 
       La señora Fritchs desenrosca pliegues de las puntillas de su camisón, así que      Ottone entiende que la charla será larga. 
       -Siéntese por favor, relájese, vamos a hablar un rato- dice Ottone.
       -No, no puedo. Va a llegar mi marido a casa y yo no voy a estar, tengo que volver, doctor, ayúdeme.
       Ottone desarrolla rápidamente la primera de las sensaciones postergadas de Messina bajando las escaleras. Aire entrando por las costuras del abrigo, entonces frío, un poco de frío.
       -¿Tiene dinero para regresar?
       -No, no llevo plata cuando ando en camisón por casa...
       -Bueno, yo le presto para que vuelva a su casa y pasado mañana, en el horario que a usted le corresponde, hablamos de estos problemas que tanto le preocupan...
       -Doctor, yo le acepto el dinero si quiere, y vuelvo a casa, perfecto. Pero ya le expliqué, sabe, dentro de un rato estoy acá de nuevo, y cada vez es peor. Antes pasaba cada tanto, pero ahora, cada dos o tres horas, zas, agujero negro.
       -Señora...
       -No, escuche, escúcheme. Me recupero, o sea, vuelvo a donde estaba ¿Cómo le explico? A ver, desaparezco de casa y aparezco en casa de mi hermano, entonces me desespero, imagínese, tres de la mañana y aparezco en pijama, pijama en el mejor de los casos, en el cuarto matrimonial de mi hermano. Entonces trato de volver, ¿Sabe  doctor qué sufrimiento? Hay que salir del cuarto, de la casa, todo sin que nadie se de cuenta, tomar un taxi, todo en pijama, doctor, y sin plata, imagínese, convencer al taxista de que le pago al llegar. Y cuando estoy por llegar, zas, fin del agujero y aparezco en casa otra vez.
       Ottone aprovecha este tiempo para analizar la segunda sensación de Messina escaleras abajo. Entrada a un auto, ambiente más agradable, alivio al dejar el peso del portafolio en el asiento del acompañante.
       -Aparte imagínese, andaba por casa siempre con dinero y un abrigo atado a la cintura del camisón, no sea cosa. Pero ahora no, basta, cuando caigo en agujeros ya no vuelvo. Si igual nunca llego, tomo taxis que casi nunca alcanzan a dejarme donde les pido. No, basta, ahora me quedo donde esté hasta que pase el agujero y listo.
       -¿Y cuánto tiempo tardan en pasar estos agujeros negros?
       -Y, vea, yo no puedo decirle con exactitud, una vez fui y volví en el momento, sin problema. Y otra estuve en casa de mi madre unas cuántas horas, diga que ahí sé donde están las cosas, preparé unos mates y paciencia, tardó tres horas, doctor, una vergüenza. 
       Ottone piensa en cuántos minutos ya  ha estado  la señora Fritchs en el hospital y no obtiene un número definido, quizás cinco, quizás diez, no sabe.
Sánchez toca la puerta del consultorio y se asoma. Ottone pregunta:
       -¿Qué pasa, Sánchez?
       - Lo busca el doctor Messina.
       -Cómo ¿No se fue?
       -Sí, se fue, pero al rato estaba acá de vuelta, me parece que el doctor está un poco angustiado, anda a medio desvestir, o vestir, no sé decirle, doctor, y pregunta por usted.
       -¿Qué pregunta, Sánchez?
       -Si usted está, si puede usted hacerle el favor de ir a verlo. Me parece que está enojado, doctor...
       El doctor Ottone mira a la señora Fritchs, señora que rasca con la mano derecha su brazo izquierdo y contesta la mirada de Ottone con un gesto recriminatorio.
       -Va a tener que disculparme.
       -No, lo acompaño.
       -No, hágame el favor, señora, quédese acá. El doctor Messina enojado es ya de por sí todo un problema. 
       Sánchez acompaña la opinión de Ottone con un movimiento de cabeza y se retira caminando por el pasillo, pasillo que Ottone recorre ahora, unos metros detrás. 
       Se asoma Messina, minutos después, no sabe bien Messina después de qué, tras el biombo de su consultorio, para descubrir a la señora Fritchs sentada en un sillón. Messina mira su propia mano y se pregunta por qué tiene, otra vez, esa estatuilla. Mira desconcertado el escritorio, el lugar vacío donde la había dejado un rato atrás. Luego mira a la Señora Fritchs y la señora Fritchs, con las manos aferradas a los brazos del sillón, como si fuese a caer hacia o desde algún lado, mira al doctor Messina.
       -¿Y usted quién es? ¿Qué hace en mi consultorio?
       -El doctor Ottone dijo...
       -¿Por qué está en pijama?
       -El portero y el doctor Ottone fueron a buscarlo al...
       -¿Usted es la señora Fritchs?
       -Usted también está en pijama- dice la señora Fritchs mientras observa asustada la estatuilla en la mano del doctor.
       Messina verifica su apariencia, plantea mentalmente distintas hipótesis sobre las razones de su propio paradero actual, deja la estatuilla en su lugar y acomoda el cuello de su camiseta hasta que éste queda centrado con respecto al eje del cuello, posición de camiseta que hace de Messina un hombre más seguro.
       -¿Usted es la señora Fritchs?
       -El doctor Ottone dijo que lo esperara acá.
       -¿Yo le pregunté algo sobre Ottone, señora?
       -Sí, soy la señora Fritchs, espero al doctor Ottone.
       -¿Le parece que éste puede ser el consultorio de un doctor como el doctor Ottone?
       -No sé, me parece que no, yo solamente lo espero.
       Compara Messina mentalmente la figura de esa señora con la de su mujer y no obtiene ningún beneficio.
       -¿Usted es la  señora que tiene problemas con los agujeros negros?
       -¿Usted no los tiene?
       En ese momento Messina comprende algunas cosas, cosas de las que sólo rescata dos como planteos pertinentes. Primero, lo que puede estar pasándole; segundo, que tras la señora Fritchs se esconde una persona de suma inteligencia. Piensa una pregunta para comprobar el segundo planteo:
       -¿Por qué espera al doctor Ottone?
       -Ottone y el portero fueron a buscarlo a usted al hall ¿Usted es el doctor...?
       -¿Messina?
       -Eso, Messina, necesito que alguien me ayude. 
       Messina busca y encuentra sobre su escritorio la carpeta de la señora Fritchs y, de espaldas a  esta señora, revisa el contenido, a la vez que relaciona ideas de agujeros negros, gente en pijamas y estatuillas. Pregunta:
       -¿Qué cree usted que nos esté pasando?
       -A usted no sé doctor, pero a mí nada- responde Sánchez que entra por la puerta y le alcanza un juego de llaves. Messina mira rápidamente el sillón vacío donde un segundo antes estaba la señora Fritchs.
       -¿Qué hace acá, Sánchez? ¿No tiene nada mejor que hacer?
       Sánchez, brazo extendido hacia Messina con llaves enganchadas al extremo del dedo índice, habla:
       -Acá tiene las llaves doctor. Yo me voy.
       -¿A dónde se va usted? ¿Dónde está la Señora Fritchs?
       -Mi horario termina a las diez, ya son diez y media, yo me voy.
       -¿Dónde está la señora Fritchs?
       -No sé, doctor, por favor tome las llaves.
       -¿Y Ottone? ¿Donde está Ottone?
       -Lo está buscando a usted, doctor, yo me voy.
       Messina sale de su consultorio sin tomar las llaves y recorre el pasillo de azulejos blancos y negros hasta el hall, donde encuentra a Ottone. Pliega Ottone los dedos de su mano derecha hasta obtener un puño cerrado, sin aire en el interior, para luego forzar estos dedos con la mano izquierda, lo que produce una serie de crujidos en los nudillos, así que Ottone ha visto a Messina, está sumamente angustiado, y le desagrada ver a este doctor, el doctor Messina, a medio vestir, o desvestir, Sánchez no ha sabido decirle y él no alcanza ahora  a elaborar una definición correcta. 
       Messina va a preguntarle algo pero descubre en su propia mano la estatuilla, así que se pregunta, o le pregunta a Ottone, por qué tiene esa estatuilla en la mano. Ottone, con un gesto, responde que no sabe. Messina abre el cajón de su escritorio y le ofrece una galleta a Ottone. Galleta que Ottone acepta sin preguntarse por qué ambos, Ottone y Messina, ya no se encuentran en el hall, sino en el consultorio del segundo de los doctores mencionados.
       Y aunque Messina piensa en decirle algo a Ottone, decide que será mejor no hacerlo y simplemente deja la estatuilla sobre una mesada del hall, porque, en efecto, ya están otra vez en el hall y no en el consultorio del doctor Messina.
       -¿Está usted bien?- pregunta Ottone.
       -¿Usted cree que yo puedo estar bien en el estado en que me encuentro?
       Observa Ottone la camiseta desarreglada de Messina.
       -¿Que opina ahora de esto, Messina?
       -¿De qué?
       -De los agujeros negros.
       -¿Dónde está la señora Fritchs?
       -Está en su consultorio. 
       -¿Me está cargando, Ottone? ¿No se da cuenta de que yo vengo de ahí?
       Piensa Ottone en algo que no explica, y cuando ve a la señora Fritchs, corriendo, lejos, de un pasillo a otro, propone a Messina ir a buscar a esta señora. Abre grandes los ojos Messina y se acerca a Ottone como quien piensa en contar un secreto. Ottone escucha:
       -¿No se da cuenta de que ella sabe?
       -¿Que sabe qué cosa?
       -¿Por qué cree usted que corre así la señora?
       Amaga Ottone un nuevo crujimiento de sus dedos, pero Messina reacciona rápido, toma fuerte su muñeca, y dice:
       -¿No se dio cuenta?
       -¿De qué?
       -¿No se dio cuenta de lo que pasó la última vez que usted crujió sus dedos?
       -¿Estuvimos ahí?
       -¿En un agujero negro?
       -¿Sí?
       -¿Hace falta que le responda?
       Interrumpe la conversación el sonido de las llaves de la puerta, colgadas del dedo de Sánchez a la altura de la frente de ambos médicos. Sánchez:
       -Las llaves, yo me voy.
       Propone Messina a Sánchez:
       -¿Por qué antes de irse no nos va a buscar a la señora?
       A lo que asiente Ottone, contento, y agrega:
       -Sí, traiga a la señora  y le aceptamos las llaves.
       Messina le señala a Sánchez los pasillos por donde, salteadamente, cruza la señora Fritchs, a veces caminando preocupada, a veces con paso presuroso. Da Messina unas palmaditas en la espalda de este Sánchez a quien Ottone sonríe y dice alegre:
       -Vaya, Sánchez, vaya y traiga a la señora.
       Mira Sánchez hacia los pasillos y ve un par de veces a la señora Fritchs cruzar de una puerta a otra. Luego mira al doctor Messina, al doctor Ottone, deja las llaves sobre la mesada del hall y explica a estos doctores:
       -Yo soy el portero, mi turno terminó a las diez. Veo que tienen algunos problemas, pero yo no tengo nada que ver, no sé si me interpretan...- y se retira.
Messina mira las llaves que han quedado al lado de la estatuilla y luego, desesperanzado, mira a Ottone, doctor que a la vez mira a Messina, aunque sus percepciones tienen que ver ahora con otras cosas, cosas como Sánchez bajando las escaleras, Sánchez sintiendo el aire frío de la calle en la cara, Sánchez pensando en que siempre está más desabrigado de lo que debería, y que todo es culpa de su madre que, a diferencia de otras madres, nunca le recuerda las cosas. Piensa entonces Messina en Sánchez subiendo al colectivo ciento treinta y cuatro, ramal dos, o tres, los dos van, y cuando está a punto de pensar en Sánchez abriendo la puerta de su casa, casa lógicamente de este mismo Sánchez, lo que ve es a la señora Fritchs, o mejor dicho, no la ve, o más bien la ve desaparecer ante sus ojos. Entonces dice Messina al doctor Ottone:
       -¿Vio eso, Ottone?
       -¿Ver qué?
       -¿No vio eso?
       Ottone está a punto de responder,  y este inminente momento se deduce por su dedo índice que, lentamente, comienza a ascender hacia la altura de su cabeza, pero cuando lo hace, cuando este dedo llega a la altura citada y Ottone enuncia sus primeras palabras, entonces este Doctor, el doctor Ottone, se encuentra no con el doctor Messina, sino con Clara, es decir su esposa, en su casa, los dos en pijama.
En un pasillo del hospital, ahora aún más lejos de su consultorio, Messina se pregunta, una vez más, qué hace ahí a esas horas de la noche, a medio vestir, o desvestir, con una estatuilla en la mano y, cuando va a preguntarse eso pero en voz alta, lo que queda ahora es, simplemente, el pasillo del hospital, vacío.

Un poema de Elena Medel

ESTAMOS REALIZANDO OBRAS EN EL EXTERIOR.
NO UTILIZAR ESTA PUERTA
EXCEPTO EN CASO DE EMERGENCIA

de Elena Medel



Madurar
era esto:
no caer al suelo, chocar contra el suelo, contemplar el pudrirse de la piel
igual que un fruto antiguo.
Colchón justo para los dos; años que chocan la lengua contra los dientes una y otra vez que se tambalean en la boca
años
     del sentido incorrecto.
Con tres hilos de cabeza he tejido mi tiempo:
piensa en vosotros a mi edad, piensa en tres hilos de cabeza, qué te falta, qué te queda; piensa en tres hilos. Quizá
eso, madurar:
quizá Ulises boca abajo, quizá la orilla boca arriba,
eso que queréis me esperará diez años. Pensad en diez caídas; pensad en
diez hilos de cabeza. ¿Aquello? ¿La madurez? ¿Márchate, olor a lavavajillas, déjame con mi sueño?
¿O quizá en la boca uvas para el postre del color
de la rodilla que cae al suelo,
de la rodilla que choca contra el suelo? Me tambaleo. Y era yo el zumo en la garganta, y era yo el frío, era yo
las uñas y el estómago, quién era yo en mis años
con tres, en mi tiempo con diez hilos de cabeza. Hasta mi habitación
por la escalera de incendios un hombre
y su sentido contrario. Diez hilos de cabeza, veinte hilos de su pecho atados a mi pecho,
juro que amé
los golpes de sus piernas. Digo que
madurar era esto: que no pude negarme, digo que mis tres hilos de nada entre los dedos, y juré chocar y el suelo
lo juré. Pensé al suelo la caída
y el choque contra el suelo. Pensé el aliento pensé dije
tres hilos de cabeza: tambaleo.
Pensé en mi edad y pensé en vosotros y pensé
que nadie me avisó de madurar así, junto a la vida y el frío en el cajón
de la fruta que se pudre.


del libro Chatterton
Tomado de: http://www.lunamiguel.com/

La culebrilla

de Valeria Tentoni





No, nunca, eso nunca, traer hijos al mundo. Cosas para mujeres que aprendieron que los bichitos de luz no queman. Yo no. Pero Felicitas me había pedido por favor, «Por favor, un rato, tengo la fiesta de-». Siempre se está festejando alguna cosa en algún punto del globo. Yo no, apenas una guirnalda de papel crepé en mi cumpleaños, colgando, despareja, de un lado al otro de la ventana (y eso sólo hasta los diez, después nos cansamos todos de los colores trenzados).
Mi casa era una reverencia al blanco: no tenía casi nada, un par de sillones heredados de la casa paterna. La que dejamos todos una vez para irnos a hacer otra casa en otro lado, por turnos. Primero mamá. Felicitas, después; era más grande, tenía los hombros mejor equilibrados. Anchos, a un lado y otro del cuello. Le crecían como trompas. La casa, entonces, fue paterna porque mamá se había ido tan rápido que no. Ni su perfume ni la manera que tenía de doblar los repasadores, como triángulos. Ella decía que lo había aprendido cuando trabajaba, de chica, en el restaurante de sus padres, que nunca me dieron de comer en la boca simulando avioncitos.
Ella, que era mi hermana. Un pedazo del mundo que se le había caído también a papá y a mamá –todos decían que cargaba las ojeras de mamá por herencia, que se le parecía tanto, y a mí nada–. Se había casado tan chica, eso. O a mí me parecía tan chica el día que armó las valijas y metió sus cosas en cajas de cartón. Cajas de televisores que le habían dado en el supermercado. Cajas y cajas: Felicitas se casaba. Papá de espaldas al comedor, mirando por la ventana que daba al jardín y tarareando una canción de cuna que mamá acostumbraba cantarnos. Pero papá no se sabía la letra. Nunca la supo.
Cuando tuvo novia y la trajo, entendí que era mi turno. Ya estaba grande para jugar a las escondidas.
Papá tenía mujer nueva, Felicitas se había casado (¡con un hombre!), mamá era una lata de duraznos en conserva que jamás se abrió, al fondo de la alacena.
Armé mis cajas, repetí. Tuve menos que poner dentro de ellas que mi antecesora en el exilio. Alquilé un departamento por tres cuartos de mi sueldo. Ahora mi casa era un reservorio de huecos, millones de espacios en blanco.
—Por favor, ¿podés cuidarlo a Tomi? Es por hoy, es tu ahijado… La niñera está enferma, no tengo con quién dejarlo.
«Me da miedo que se me rompa tu hijo», hubiera querido responderle. Que se me rompa como una bailarina de cristal, o uno de esos souvenirs de brillo iridiscente. Que se me caiga al piso y se vuelque por mi departamento tan blanco. Que tenga hambre, o miedo, o espasmos. Que se me muera acá y yo cargue con eso. Que explote tu hijo, Felicitas, mientras yo no sé cómo doblarlo en triangulitos.
Entonces tocó el timbre. Atendí el portero después de un sobresalto del cuerpo, un susto. «Nosotros», dijo ella, a través del tubo. Y en esa palabra había una declaración, una toma. Un lugar ganado. Un montón de cajas de cartón desarmándose, haciendo salir cajas y más cajas de adentro. Una constelación de cartones elevada a la potencia del infinito.
Bajé. En el ascensor me miré de frente. No tenía corpiño puesto, sólo una musculosa blanca de morley. Mis pezones se dibujaban detrás del género, puntiagudos. Una silueta de la costra, sus bordes. Un borde de las cosas agazapadas entre las otras cosas. Ellos eran. Ellos, «nosotros». Algo que le salía al mundo como pus: sus hijos. Por ahora, uno. Pero vendrían más. Claro que vendrían más. Felicitas tenía el estómago listo para la maternidad desde que me había robado mi primera muñeca y le había sacado los ojos de plástico. Ella había dicho que para jugar a la hija ciega. Yo jamás le hubiese podido hacer eso a una de mis muñecas.
Eso que después servía para ser madre, tolerar el dolor del hijo. Yo no hubiera podido, ni por un segundo. Yo no podía.
Nosotros, y ahí eran tres. Él tenía cierta manera especial de decir las palabras, papel troquelado. Nunca me había caído bien, Felicitas lo sabía. Ella creía que eran celos. Hasta yo creía que eran celos. Cuando empezaron a salir, las primeras veces que la venía a buscar a casa, Felicitas se encerraba con el secador de pelo en el baño, como si tuviese que tomar mucho aire caliente, tragárselo, para tener coraje. O entibiarse antes de verlo, para que cuando le apoyase el cuerpo no le diera frío, como un estetoscopio. Un zumbido metálico que permanecía flotando todavía unos minutos después de que se iba, bajaba la escalera y pasaba por el comedor, le daba un beso en la frente a papá, que estaba mirando televisión. Mamá ya no estaba, y entonces me preguntaba a mí si le quedaba bien, si le quedaba lindo, si «hacer el amor» dolería mucho, si los hombres… Cosas así, preguntaba. Yo no tenía ninguna respuesta y me limitaba a subir las cejas hasta lo más alto de mi frente, para que supiese que lo suyo era casi una ostentación, una ofensa.
Nosotros, antes dos. Antes de su estómago creciendo como una trepadora. De que se rascase la espalda, justo en su parte baja. Detrás, donde están los riñones, y me dijese que le picaba mucho, que le tiraba la piel. Yo creía que era culebrilla, y no. Era que se rascaba tanto que se estaba dejando marcas, un cinturón colorado. Tanto le picaba, tanto se rascaba. La vida le estaba estirando el cuerpo y ella se dejaba, sometida a eso de convertirse en un cordel, un nudito. La piel le tiraba y eso me parecía una fantasía. Era increíble verla engordar y saber que todo iba a caer al piso.
Y vos para cuándo, y vos para cuándo, y vos para cuándo.
Día por medio, a veces cada dos días, a veces cada día, me masturbaba antes de dormir. Me costaba mucho. Se me hacía largo, no lograba concentrarme, pero esperaba mucho ese momento. Todo para después no poder, un impedimento hecho de algodón seco, seco como algodón muy seco. Y después, apenas, nada. Algodón blanco como ristras de ajo, un poco amarillentas, un blanco de rabia apagada. De delantal de escuela manchado en las axilas, un ácido roedor que fermentaba en los recreos.
Abrí la puerta de entrada, me crucé de brazos porque él también estaba ahí (los tres como una fotografía para postal a mamá en ningún lado). No me lo esperaba. Quería taparme los pezones –como dardos– que sentía creciendo, podía sentir su entumecimiento al contacto del aire frío de la calle. Habían abrigado a su hijo. Él tenía puesta una bufanda que le cubría la boca y entonces no sé si sonrió. Sé que Felicitas se adelantó y Tomás estaba detrás de sus piernas –apenas le llegaba a la cadera, rubio, un leoncito–. Y él se quedó atrás, mirando la entrega. Giró para corregirse, no había puesto la alarma del auto. Hizo sonar en el aire de la calle la estridencia del aviso. Una sirena resumida a un pitido. Felicitas me entregó también un bolso. «Adentro hay chiches, se va a quedar dormido, seguro. Hoy corrió mucho. ¿Nocierto que corriste mucho, Tomi? Contale a la tía. Hoy tuvo su primer partido de fútbol, empezó en la escuelita». Felicitas no paraba de hablar, hablaba mucho para disculparse. Sabía que yo no podía con él, que de algún modo no era justo que yo, yo que para cuándo, yo. La miré y no encontré a mi hermana. Él que no confiaba en mi barrio, que tenía miedo que le robasen el auto y que no confiaba en mí tampoco, porque estaba en ese barrio. La miré y ella tenía su nombre puesto en el pelo recién alisado.
—Volvemos temprano, llamanos cualquier cosa.
Nuestros. Ahora dos, de nuevo. La alarma volvió a sonar con su graznido ridículo, una rapsodia para habitantes de casa quinta en una zona lubricada por el verde y las empleadas domésticas. El auto se tragó a mi hermana y a su marido, y Tomás se quedó agarrado de mi mano. Me apretaba fuerte porque sabía que no podía escaparse. Estaba acostumbrado a ser dejado con otras personas. La niñera, la abuela paterna, el profesor de fútbol.
Subimos. Le dejé apretar el botón del ascensor, se divertía apretando botones. Entramos a mi casa y sentí que debía disculparme por el desorden, como si fuese un tipo de los que a veces venían. Tan pocas veces que siempre era sorpresivo y nunca estaba todo limpio, puesto para recibir.
Ya había cenado, entonces no tuve que cocinarle. Pero tenía una tarea menos asignada, también. Un punto de referencia menos. No sabía qué hacer. Volví de la cocina con un postre de chocolate que había comprado especialmente para él. Tomás ya estaba sentado en el sillón, cambiando los canales hasta encontrar dibujitos. Manchas de color fluorescente sobre fondos que tenían más calorías que el postre.
Me senté con él. Intenté hablarle, pero estaba como perdido, yéndose todo el tiempo de mi casa por el televisor. Al rato entendí que podía abandonarlo ahí y no hacía falta mucho más que rogar no se cortara la luz para el cumplimiento eficaz de mi tarea.
No se parecía en nada a Felicitas; estaba todo hecho de él.
Me puse a ordenar unos papeles en la mesa, de espaldas a mi ahijado. Sentía que un monstruo rubio como lo más rubio que hay se estaba comiendo toda mi casa. Pasaron unos minutos, y Tomás se apareció sobre la mesa.
—¿Qué hacés, tía?
Que ordenaba, que ponía las cosas una sobre otra, papeles estampados con palabras. Él todavía no sabía leer. Le pregunté si quería dibujar sobre unas hojas que yo estaba desechando. Traje algunas fibras resecas. Lapiceras, fibrones, lápices. No tenía mucho. Recolecté todo lo que había en mi casa capaz de generar filo y tinta. Lo ayudé a sentarse en la silla. ¿Cómo era el mundo de las cosas para un chico? Una silla tan grande, como un trono de rey. Una silla con patas tan altas, pobrecito.
Lo acomodé, tenía mucho miedo que se cayera y se rompiera. Que estallara en el piso de mi casa. Apenas quería tocarlo, tenía terror de rasparlo. ¿Cómo es la piel de un chico, cómo es el contacto con las cosas? No podía recordar esas sensaciones en mí de chica. Por mucho esfuerzo que hiciera, un chico tan chico se me presentaba como una incógnita. Un animal mágico que me era absolutamente desconocido.
Se quejó al sentarse, dijo que le dolía la madera. Pidió que le llevara un almohadón. Tuve que bajarlo de la silla, con cuidado de nuevo. Sacar un almohadón del sillón y volverlo a sentar. Lo levantaba y sentía que estaba izando una bandera; que el peso del cielo se abalanzaba sobre nosotros; que podía lastimarlo, sin querer; que podía llegar a querer lastimarlo, también. Ahora había quedado muy alto, en un lugar tan alto del mundo para un chico, sentado en la punta del mundo, frente a un montón de hojas impresas de un lado y blancas del otro, y una hilera de útiles descompuestos.
Dibujó círculos, ninguno completo. «Globos». Eso dijo que eran. Y tiritas de tinta azul, como ríos, en la hoja. Apretaba fuerte la lapicera, como empuñándola. Trituraba el fondo y la hoja se abría. Los globos volaban, estaban sueltos.
—Yo también voy a dibujar —le dije.
—Bueno, pero dibujá pájaros. Pájaro mamá, pájaro papá y pájaro bebé.
Eso hice. No me salían, eran todavía peores que los dibujos de Tomás. Lo miré, de costado: era un perfil liso, un perfil de lana. Su nariz salía de la línea como una cereza. Se mordía el labio inferior para dibujar. Se estaba esforzando con sus globos.
—Eso no es un pájaro. Los pájaros tienen patas, tu pájaro no.
Hice las patas –dos líneas que terminaban en estrellas–. Ahora sí. Todos vuelan.
Sonó el celular. Tuve que buscarlo en mi cartera, entre los cigarrillos (no, no podía fumar, eran apenas unas horas) y un tampón perdido al fondo. Era Felicitas.
—Sí, sí, todo bien… Sí, está dibujando… Un postrecito de chocolate… No… Todo bien… Yo te aviso… Quedate tranquila… Sí, te quedaba bien el vestido… No, no era demasiado escote… Pasalo lindo.
No era pásenlo lindo, no. No eran celos (pataditas de berrinche contra el piso, un malambo). Seguramente ya estaría borracho, Felicitas pidiéndole por favor que esa fuera su última copa, que tenía que manejar. Él masticando el vidrio del vaso, queriéndose cojer a todas las mujeres de la fiesta. Las sobrinas de alguien, con piernas largas, bailando: cimbronazos bajo las luces de colores.
Yo en la cocina de la casa de papá, de espaldas, en navidad, adivinándole el aliento, la mano que apenas quiso y enseguida entendió que no. Te confundí con tu hermana, a veces se parecen tanto… Sobre todo cuando llevan el pelo suelto.
Volví a Tomás. Me paré detrás de él y miré sus trazos. Giraba las hojas y hacía globos, y más globos. Le pregunté si tenía hambre y dijo que no. Los dibujitos animados sonaban de fondo, una música ambiental para nadie: la voz elástica y pasteurizada de un superhéroe en tres dimensiones.
Vi que se rascaba. Mucho, una y otra vez. Se metía la mano adentro del pantalón, entraba sorteando el borde del pantalón por su espalda y se rascaba. Los chicos se tocan, los chicos tienen el cuerpo como peras en almíbar, pensé.
—Qué lindos tus globos, Tomi.
—Vuelan. Acá está el globo mamá, y el globo papá y el globo bebé.
—¿Vos sos el globo bebé?
—No, es un globo. No un bebé.
—¿Y ese qué globo es?
—Ese es lo duro.
Tomás había dibujado un algo, una línea que iba del globo mayor al globo menor. Al globo bebé, que no era un bebé. Un algo que yo no sabía si era-.
Fui a la cocina. Encendí la luz, quise buscar algo en la heladera, la cerré, apagué la luz. Volví.
—¿Cómo que lo duro, Tomi?
—Vos no sabés nada de globos.
—Ni de pájaros…
—No.
No sé nada de pájaros. No sé nada de lo que bulle y germina, de lo que tiene patas de estrella y vuela. De los globos que flotan en el estómago de una mujer embarazada. De la piel que tira, tira.
Preguntar es seguir, es el hundimiento del Acorazado Potemkin.
La madre y la bala en el centro de la imagen, el carrito que cae por la escalera.
—Ya me aburrí de dibujar –dijo.
Y entonces volvió al sillón, y ahí se quedó un rato mirando el televisor. Después se durmió. Lo tapé con una frazada que tuve que extirparle a mi cama. El colchón quedó desangrándose, un desarmadero para el cuerpo que yo iba a tener después, durmiendo, sola. Sin nosotros. Sin cajas dentro de las cajas.
Recibí un mensaje de texto de mi hermana: «Estamos yendo».
Felicitas no quiso saber que Papá Noel no existía. Cuando se lo conté yo, que era todavía dos años menor, no pudo creerlo. Cuando se lo contó papá, sin mamá –mamá que era una elipsis dibujada en el cielorraso por la luz de un lamparón de pié–, tampoco. Ese día rompió el vidrio de la puerta que daba al jardín. Ella, que nunca rompía nada sin querer. Ella con los ojos de plástico de mi muñeca guardados en su mesa de luz, como dos gemas pudriéndose en la intemperie silenciosa del cajón. Ella, que no quiso saber, terminó jugando a que sabía.
Subió sola. Él esperaba en el auto, estaba demasiado borracho, y la alarma se había disparado en el medio de la fiesta. Prefería no subir. Felicitas entró a mi departamento, tenía el aliento grueso. Había estado fumando (recordé el paquete en mi cartera, quise). No fumaba delante de Tomi, Tomi, Tomi acurrucado, la cabeza sobre un almohadón, el televisor todavía sintonizando los dibujitos, por si se despertaba y me abría otra pregunta en el útero.
—Estuvo dibujando. Dibujó globos, y-
Felicitas empezó a hablarme del vestido de la novia. De las caderas tan anchas y la boca tan roja, tan fulminante de roja, y que la comida no había estado tan bien como en su casamiento, en el mío servimos, por lo menos, calientes los platos, y que se había encontrado con una compañera de escuela, que estaba gordísima, ¿yo estoy tan mal, así, tan vieja? Me agradeció mientras alzaba al leoncito sin despertarlo, se lo cargaba como un saco de cemento, lo apretaba contra sí para que no se le cayera.
Los acompañé en el ascensor, ella seguía con las caderas de la novia, y que el vino era baratísimo, baratísimo, un vino intragable, me decía esas cosas con su aliento cargado de alcohol. Borlas que quedaron flotando cuando volví después de abrirles la puerta y verlo mirando hacia el frente, sin dirigirme siquiera un rastro de ojos, cabeceando sobre el manubrio. La puerta se cerró herméticamente y el auto arrancó, dejando una palabra flotando en mi vereda:
Nosotros.

"La culebrilla" de Valeria Tentoni
del libro de relatos El sistema del silencio
Tomado de: http://fundaciontem.org/

jueves, 30 de abril de 2015

Me pedís que te ate el pelo...

de Verónica Yattah




Me pedís que te ate el pelo.
Con el inicio del viento y los álamos
balanceándose cerca del muelle
decís "haceme un peinado".
Tomo tu cabello como a un racimo de uvas.
Como a uvas de una naturaleza muerta
entre seguir mirando y atacar
hundo mis dedos en tu pelo,
lo envuelvo con mis manos.
Ahora queda libre tu nuca
y tu columna vertebral
es el camino de una gota.
Hasta disolverse, esa gota de agua
recorrerá tu espalda.
Es un descenso que estremece.
Entonces suelto tu pelo y te abrazo quién sabe
si por primera o por última vez.



Verónica Yattah (Buenos Aires, 1987), Los perros también se van. Viajero insomne editora. Buenos Aires. 2014.
Tomado del blog: http://griseldagarcia.blogspot.com.es/