martes, 6 de octubre de 2015

Nada altera la calma cotidiana


planeo un viaje mientras
caliento en el microondas
quesos y salsa arrojados
sobre una superficie lisa
de pan

pienso en la tierra
en su extensión
y veo cómo el queso rebasa
los bordes del plato
en el horno microondas

pienso en las horas
en las rutas como
tajos abiertos en
la carne viva de los pastos

en los kilómetros
en la infinita lejanía de la llanura
y en las formas que la paciencia
tiene y adquiere

nada altera la calma cotidiana
solo el sonido del horno
hiere el silencio

el queso en el plato
aún se expande

así debe trabajar
el tiempo
durante el viaje
irradiando su calor sobre
un corazón en franca expansión



                                                          Tomado de http://escriturasindie.blogspot.com.ar/2015/10/poesia-juan-alberto-crasci.html

lunes, 6 de julio de 2015

Llueve



Llueve. Los pájaros surcan el cielo. Como acuosas pinceladas negras. La luz marca de a poco sombras difusas entre la noche y las cosas, entre toda esta paz tal vez siniestra o pausa del ruido que moja a las ventanas y a los durmientes. Los autos quietos. El portal y la escalera por donde ahora subirá Delia maldiciendo esa humedad que le pega la pollera a las piernas.
Delia saluda a Mario antes de entrar con el primer pan de Buenos Aires. Comentan el mal tiempo, silencio, ella baja la mirada, él la mantiene y hasta recorre con precisión la curva de su pechos insinuada bajo el uniforme, y, de pronto, los invade una leve y extraña sensación —los ojos de ella fijos en el polvo incrustado a los zapatos de él— como si previeran que esta vez la lluvia viniera a quedarse, a inundar el palier y todo, las terrazas de los edificios, las casas, los hospitales. A limpiarlos, expiarlos, no, Delia no sabe decir estas cosas, no sabe siquiera que las piensa, que tiene ese deseo oscurísimo tejido bien adentro. Quizá como tantos otros: desea que el 23 de diciembre de 2012 reviente todo, como decían los mayas. ¿Los mayas? Podría haber una inundación tan terrible que volviera a todas las personas protagonistas desamparadas de un nuevo capítulo bíblico donde ella no deba levantarse a las cinco y media de la mañana, cada día, para tenerle listo el desayuno a la señora, donde Mario no deba festejar en silencio lluvias nocturnas que le ahorren el trabajo de limpiar la vereda, ni refunfuñe como un desgraciado cada vez que se averíe el ascensor, la caldera, o se apague inexplicablemente la estufa de las ancianas del tercero.
Delia siente un pinchazo húmedo en algún punto impreciso de su vulva, cuando su pollera roza apenas la pierna de Mario. Luego sube las escaleras, más despacio que de costumbre, envuelta en una marea tan fría que densifica las cosas.
Al abrir la puerta, la señora —una señora más joven que ella misma—, con los ojos aún semi cerrados, la saluda en un bostezo y recoge el diario del suelo. No se preocupe señora, está usté con la panza, ya se lo alcanzo yo. Es raro que la señora se haya despertado tan temprano, más raro aún que esté recogiendo el diario en ese mismo exacto segundo en el que la vecina de enfrente, esa anciana que apenas saluda —la hermana mayor o la hermana menor de ese par austero y callado, casi impenetrable— le dispara a Delia una sonrisa inesperada. Una sonrisa que —aunque Delia todavía no lo sepa— quedará grabada en su mente para siempre. Lluviosa y oscura como una tormenta de cine.
La anciana de ese futuro recuerdo grabado en el horror —como si existiera en la mente un espacio exclusivamente dedicado al horror— se llama Selva. Es una de las vecinas del 3º B. Lleva el pelo enredado en un pequeño bulto gris que esconde detrás de las orejas. Unas orejas que fueron quedándose inútiles a medida que se expandían. Entre el aire y todo ese viento, todo ese tiempo que martilla los tímpanos y estría los cuerpos, la cara de Selva quedó ya más ajada que la otra —la de su hermana Rebeca— y las orejas quietas, permanecieron ahí, como dramáticos y pesados monumentos al absurdo. Luego está esa única línea que baja ininterrumpida desde la punta del mentón hasta el inicio del pecho. El pecho, los pechos, —los de ella, los de su hermana— no importa de quién, ambos pares de senos persiguen el sur con la misma fuerza de gravedad que clama del fondo del planeta, contrae las espaldas propiciando las jorobas, y se alía con aquello que manan las estrellas, esas que Selva y su hermana Rebeca llevan evadiendo hace ya tanto tiempo, de las que se resguardan en la cueva del edificio de la calle Juncal, en el barrio de la Recoleta, ciudad de Buenos Aires, en esa fracción continental que se ubica ya en el sur del mundo.
Selva gira las llaves al cerrar la puerta, muy lentamente, como si el frío del metal quemara sus dedos, volviendo realidad lo hasta entonces inimaginable: que la velocidad de sus movimientos pudiera acercarse a la absoluta quietud. Camina hasta el centro del salón y deja el periódico sobre la mesa.
3 de septiembre.
Su hermana Rebeca aún reposa dormida en su cama, cubierta con las frazadas hasta la nariz, soñando con la lluvia de trasfondo doble quizá, con su hermana devenida planta, bosque o la misma selva, algún amante muerto reconstruido a partir de fragmentos de galanes de televisión.
A Selva el frío le cala los huesos. La paraliza sobre la silla junto a la mesa, la taza de té. Enciende la estufa, luego la radio. Escucha, entre publicidades, música pop y datos de violaciones y asesinatos, razones de sobra para no salir a la calle. Las mismas razones que están ilustradas en el diario que ahora abre, con el insoportable peso de su mano, y de esas hojas, y de su cuerpo entero que parece que fuera a desplomarse sobre la mesa. Pero pronto el aroma del té resucita su aliento, y se extiende etéreo, como esos fantasmas que pronto serán ellas, por las paredes floreadas, por los muebles de caoba antiguo, los cuadros de barcos y playas, y sigue flotando, entre las estatuillas de bronce, los finísimos cristales que decoran la vitrina del rincón, y finalmente entra al cuarto de Rebeca, ese aroma suave, casi imperceptible, se mete en el cuerpo soñoliento de Rebeca que ahora intenta ponerse en pie. Se levanta de la cama y camina despacio como su hermana, muy despacio hasta el salón. Mira los rayos que entran por las persianas. Esas que cortan la ventana a la mitad dejando entrar el mínimo sol necesario. Observa el portarretratos de los hermanos Loretti clavado en la pared, eternizados en aquella semana previa al accidente, con la sonrisa y la inocencia sepia estampada en sus caras para siempre. Acaso el hermano mayor, —¿era Leonardo, Lorenzo?— no supo imaginar que un día sería apenas un rostro sobre las flores de una pared, o algo así como difusos retazos de galanes oníricos sin nombre.
Rebeca se acerca a la mesa. Tiembla de frío, patea la estufa, refunfuña. Pero su hermana Selva ya no la escucha, no puede, la mira sentarse frente a la mesa mientras examina ese rostro que parece un espejo. Las cejas extinguidas o apenas resistiendo en finos trazos tatuados sobre las ausencias. Debajo ese hundimiento dónde antes estaba el párpado terso siempre maquillado de sombras celestes o púrpuras, ahora es como un pliegue sin retorno, algo así como otra ausencia, una línea oscura de donde emerge el ojo como si emergiera de un agujero macabro. Y luego la piel ajadísima sobre los labios, el cabello fino y blanco que le cae por los lados, la piel del cuello que cae formando colgajos, y entre ellos esos canales por los que corren las venas. Como ríos traslúcidos. Ríos que llegan a dónde.
La mira servirse un poco de té, silenciosa, lenta, casi quieta, la humedad y el frío en los huesos pesa demasiado, y de pronto como una ceguera, quiero tomar un poco de té, todo pesa demasiado, por qué, una persiana cae y se cierra, o no cae, ya no hay luz, dónde están tus ojos hermana, ¿estás aquí? necesito un poco de calor en mi cuerpo, dónde está mi taza de té ¿o ya no estoy? ¿todavía me querés? ¿Por qué ya nunca me hablás? No te has acostumbrado a quererme como hacen los amantes, estás acá y me querés o no me ves. Era yo la mayor o eras vos. Era tuyo el Loretti mayor o de nadie. Es que ya no hay luz, estoy hablando o pensando, se te vuelca la taza de té sobre las manos y no quema, no duele, la nube de frío nos atrapa, la jarra, la humedad, tomá la jarra, es como una nube y ya no duele, ya no te movés, o sí, tan lento, las flores de la pared y los otros que flotan como nubes también, tan lento que ya estamos quietas.

El negro no existe, es la ausencia de luz. La muerte es blanca. Hay otra dimensión donde el universo se tiñe de blanco, como si estuviera nevado. Por un momento la luz, una explosión, el blanco absoluto. La paz. Luego empiezan a distinguirse algunas líneas, sombras, los bordes de las cosas. Porque la nada no es nada, no puede ser blanca. Pero la muerte sí. Aquí hay paz y no es el cielo, es este mismo lugar iluminado con otra luz, y estamos juntas. Tu cara, hermana, pálida como la parca, ahora la veo, estás aquí conmigo después de la vida, el frío ya no te duele. ¿Ves nuestros cuerpos inertes inclinados sobre la mesa? No, ya no duele. Pero la lluvia allá afuera no cesa. Quién sabe, quizá llueva hasta el fin de los tiempos. De todos modos, creo que podremos atravesar la pared, flotando, y que el agua no vuelva a tocarnos jamás. O sí.

Delia entra en la cocina y enciende la radio. Puro movimiento mamita.... Prepara café para todos, cereales con azúcar para la nena, puro movimiento, cereales sin azúcar para la señora, y si una de las negras se retoba, tostadas y jugo de naranja recién exprimido para el señor, y no quiere entregarse a hacer la otra, la vamos a dejar bien calentita, total ella sola se va a sentar, un matecito bien caliente para ella misma, para no compartir con nadie durante toda la mañana, arriba del muñeco, arriba del muñeco, ya no te hacés la fina, sola con el mate, lustrando lo limpio. Ya quisiera Delia que Mario viniera más tarde a tocarle la puerta, que todo reviente en el 2012, no, que reviente su mujer de una vez por todas. Mario cantándole puro movimiento mamita al oído, moviendo la pelvis así, seguro que la mueve así, ella contra la mesa, contra la pared, puro movimiento, en cuatro en la cama de la señora, boca arriba abierta de piernas en la mesa del living…
Delita querida haceme el favor y apagá eso, no quiero que el bebé escuche cumbia desde la panza. La señora sale de la cocina y cierra la puerta detrás suyo sin esperar ninguna respuesta de Delia mientras comenta con el señor, ya sentado a la mesa como un cerdo infaltable, que ella es muy respetuosa con todo el mundo, pero que hay cosas en esta vida que no se pueden respetar. Seguramente el cerdo esté asintiendo como un sordomudo, mientras la nena se sienta a su lado y empiezan a desayunar en perfecto silencio.
Delita, otra cosita, no me llevás la nena al colegio que a mi se me está haciendo tarde. Yo en tu ducha con Mario detrás y el cerdo de tu marido mirando.
Claro señora, espéreme que en un minutito estoy.
Gracias Negri. ¡Llévense los paraguas!
Ni Delia ni la niña habían visto jamás llover con tanta fuerza en Buenos Aires, por eso callan y escuchan la lluvia que cae sin pausa, lluvia como de selva. Miran el agua crecida sobre las calles y avanzan, con sus pies como remos, lenta y pesadamente, como viejas.

Cuándo fue eso. Cuándo dejamos de teñirnos el pelo, de ducharnos todos los días o incluso cada semana. Cuándo el olor de la lluvia sobre las plantas, mirá las copas de los árboles desde arriba, nuestros cuerpos de muertas que vuelan por encima de todo. ¿Cuándo la lluvia sobre nuestra desnudez? Nunca. Y mirá qué linda que estás así, tendida y lluviosa sobre esas hojas. Ya no te veo vieja como yo, te veo hermosa Rebeca. Te quise tanto, antes y después de Loretti, el mayor sí, el que fue de las dos, mirá si me iba a quedar con el otro petiso desgraciada. Vos lo sabías. No te guardé rencor eh, te quise tanto, tanto como a mi misma, sacáte ese pájarito de la cara hacéme el favor, tanto que cuando me olvidé de mi, me olvidé de vos. Sí, ese, el grisecito ¿No lo sentís?
Supongo que podemos ir a donde queramos, a dónde querés.
Se vuela rápido así, si abrís bien los brazos y las piernas ¿No? Es como que mientras menos pensás, más avanzás, solo impulsándote, con todo el cuerpo al mismo tiempo. Mirá que envión me pego cuando me callo. Uno, dos, tres y silencio. Quiero rozar todas las copas de todos los árboles del parque, quiero que saltemos de esa ¡no! de esta azotea hasta esa otra. Mirá qué plato nosotras saltando entre edificios. Quiero ir hasta las nubes, no qué nubes, mirá ese avión, asustemos a algún tipo por la ventanita, ¿nos verán? Dale, quiero ver si nos ven, uno, dos, tres y envión, silencio que ahí viene el avión, mirá, te rimo y todo como vos tanguerita querida. Más nos alejamos de casa, más joven te ponés vos. No te me ofendás, dale. ¿Qué por lo de tanguerita? Dale, cantáme algo que ahí viene el avión. Mirá que sos dura eh, ni muerta me pensás cantar. Qué pena. Bueno dejá, ya no quiero, me quedo acá, sobre la cabeza de esta estatua, si con tanta lluvia ni siquiera nos van a ver los pasajeros. Qué me ponés esa cara, qué te importará a vos que yo me quede acá.
Llevás décadas callada, qué te importará lo que yo haga ahora.
Ahora decime Rebeca, qué te gustaba de la vida.

Sí, hace meses que las lluvias terminaron, pero ella podría tener una habitación más alejada del resto de la casa, porque la verdad, escuchar los gemidos probablemente fingidos que suelta esa perra ingrata con el marido… es demasiado, es demasiado cuando ella no coge desde aquella semana arrebatada de lluvias, cuando Mario se acercaba por detrás, en la puerta del ascensor, con su olor a macho despechado y rabioso, y la estampaba contra el espejo. Sin cumbias. Sin palabritas al oído ni meneado de pelvis detenía el ascensor, y así, en la oscuridad de ese breve encierro, se la metía una y otra vez, sin paciencia ni forros. Ya cerca del final, la giraba agarrándole la cabeza, casi arrancándole el pelo se la seguía metiendo por la boca hasta acabarle en la negrura de su cara. Celia, insatisfecha, lejos de un remoto orgasmo, se levantaba, se acomodaba el delantal y se iba casi contenta de haber sido deseada, pero es que ni siquiera eso: un cuarto alejado de la casa, un poco de intimidad, y por las noches silencio.
Y encima ese olor a rata muerta que ya está por todos lados.
Mario debe estar muy ocupado con Rosita, la empleada del segundo, como para ayudar a las viejas seniles de enfrente a desinfectar la casa que, a esta altura, ya se les debe estar pudriendo, y nadie dice nada, nadie, claro, y menos Delia que ya tiene suficiente con limpiarles la mierda a estos desagradecidos que le pagan una miseria y ni siquiera la dejan dormir cuando quiere dormir. Cuando por las noches pide silencio.

Te gustó atravesar el desierto después de las lluvias. Volar junto a las linternas que ascendían a los cielos de Chiangmai, beber el agua de las cascadas de Croacia, ver los bosques de Inglaterra, fumarnos ese té que nos dejó tan plácidas sobre el Empire State, todas esas luces nena… y pensábamos que Buenos Aires era grande. Las montañas en Italia y las montañas en lo profundo del mar. Islas y tierra y China y castillos. Esa música que nos salió de adentro cuando vimos la aurora boreal ¿vos también sentiste eso? Que se nos partían los colores adentro del cuerpo y sonaban, cuando la aurora boreal sí, y cuando todos esos templos en Asia, y las cataratas y la selva nuestra que nunca habíamos visto. Casi te animás y le cantás algo a ese viejo fantasma en el Louvre.
No sentís como si alguien nos hubiera marcado una ruta para que viéramos solo eso, la belleza aunque ya no tengamos ni cuerpos, como una revancha, aunque nadie nos vea, una revancha por haberlos dejado ahí tirados tanto tiempo. Incluso después de muertos. Pudriéndose. Yo no se qué nos depara esta ruta Rebeca, si reencarnaremos o desapareceremos, pero cantame querés, antes de que me apague, cantame uno de esos tanguitos que me cantabas en la otra vida. Cuando todavía no dábamos asco y la gente nos miraba por la calle.
Sabés qué, cuando empezamos este viaje y empezamos a subir por Brasil, pensé, al ver tantas luces de ciudades como puntos, y tanto mar, y seguíamos subiendo y viajando y por todos lados tantos mar, pensé que Juncal no era nada, casi nada Rebeca, todas nuestras cosas y nosotras, casi nada. Y por primera vez sentí paz, no sé, paz de estar mezclada con todo.
Qué es ese ruidito que sale de tu boca, parece tu voz y sin embargo, no entiendo, qué placer, es como si me inyectaras tu canción en la mente, nuestros cuerpos se estiran, son una raya que viaja al sur de regreso y siento cosquillas, vos también, te veo la cara mientras seguís cantando como nunca hermana, como nunca, es un grito dulce y largo llega hasta las nubes de abajo, nos succionan las fuerzas del mundo, y traspasamos los vientos, los alambrados, el techo de Juncal, el quinto y el cuarto, llegamos al tercero, esta no es nuestra casa, no, qué tiernas somos empequeñeciéndonos, vamos hasta ella, somos fetos en su cuerpo.

El calor de noviembre intensifica el olor a putrefacción de los cuerpos. Un vecino se ha dignado a llamar a la policía que ahora irrumpe, con la ayuda de un cerrajero, en el 3º B de la calle Juncal donde no hay ninguna rata muerta. Horrorizado, uno de los hombres abre la ventana para ventilar un poco el ambiente. La estufa está rota y la radio encendida. Desde la calle les llega un lamento, como tango en la voz de una mujer cansada… ¡Adiós, pampa mía!/Me voy/Me voy a tierras extrañas/adiós, caminos que he recorrido/ríos, montes y cañadas.
Qué es eso, parece Canaro, dice el cerrajero.
Desde la puerta, las vecinas de enfrente, Celia y la señora, observan cómo se llevan los cadáveres, cómo el departamento, poco a poco, vuelve a quedar en silencio.
Ay, Celita, esto es un horror, pero te voy a pedir por favor que me lleves a la nena a la clase de danza que yo estoy llegando tarde a yoga. Por favor Negri, haceme el favor y apurate.
La señora se arquea, como si hubiera recibido un golpe invisible por la espalda. Se acaricia la panza. Mira los últimos ángulos de las bolsas negras desapareciendo al final del pasillo. De pronto intuye que algo de la vida hoy resurge.



sábado, 4 de julio de 2015

Ritos

de Miryam Hache



Ay querer la vulgaridad de los restaurantes,
del lujo como una cima de polvo,
la frágil altura de unas piernas
en tacones de plástico.
¿Qué hay mas arriba de la porción visible
de unos muslos de revista?
El origen de la vida al alcance de todos.

Ay querer
derrotar
las fuerzas al sur
de las mujeres y de los hombres
No hay cohesión, hay justicia
La belleza no está
en lo que cae o no cae,
la belleza debe estar en otra parte,
tal vez,
en lo que resiste.

Entonces
quiero trascender
irme
hasta la infancia
no,
hasta todas las posibilidades
juntas-en-el útero
de mi madre
o de todas las madres.

Debería leer más,
saber más,
entender que no todas las claves están en mi historia
intrincadas hiladas pegadas
sino que hay visión más atrás de los ojos,
que es poética la física,
que ignoro demasiado
de matemática,
filosofía, política, historia,
arquetipos jungianos o fórmulas,
o de aquel otro espacio
que los druidas y chamanes pueden.

Todos esos recuerdos ajenos
que memorizamos
para cumplir,
no para ser,
para legitimar
el olvido de otras cosas.
Todo este lapso de tiempo en que nos doblamos y vamos
hacia los espacios imaginarios impuestos por quién
como átomos de tribus esparcidas en asfalto
como jirones de pieles de animales revistiendo
objetos de belleza innecesaria.
Quiero volver o partir o partirme
ir hasta el origen
no al mío,
al de la humanidad como germen o mierda que abona
las plantas-oxígeno
de reyes que mutilan a sus siervos
y súbditos postrados en sangre
anegan
ellos
líderes o reyes
con su divinidad roja en el grito que tumba
se crecen o yerguen
sobre los campos regados
de la cárdena
espesura
de los vivos.

Querer trascender
irme
más atrás de mi vida
más atrás de los libros,
antes del tubérculo enraizado
al jardín del primer pobre.
Ir hasta el rito inicático o qué,
ir hasta la reserva líquida
de todas las posibilidades
juntas en el útero
de todas las madres.
Quiero el amparo
de esas-madres,
no sentir frío,
ser tanto que la muerte me esquive,
escribir en busca del tiempo
escribir acuática entre leyendas y peces
ir hasta la unión invisible,
la apertura cósmica recubierta de las palabras enteras
y seguir escribiendo
y no volver a quedarme
así de sola
nunca.



lunes, 25 de mayo de 2015

Fragmento de Quema (novela inédita)

de Miryam Hache

Una japonesa viaja en auto y mira a través de la ventana. Es de noche. Los colores y las luces de los carteles se mezclan sobre su cara, apenas se distinguen sus ojos. Mira hacia arriba, yo no me doy cuenta, Paz me lo señala y es verdad, si se tratara de otra ciudad estaríamos viendo la típica imagen citadina de persona observando la calle a través de la ventana, hacia el costado. Pero en una de las ciudades donde quizás haya más concentración de personas solas en el mundo, donde los hombres no quieren ser hombres y pagan para ser niños, donde las mujeres son servicios, horas y cosas, actuando como madres o niñas, nunca mujeres, donde miles de hombres confiesan que ya ni quieren copular, ya no lo buscan, donde otros miles de jóvenes prefieren auto erotizarse hasta el absurdo, evitar el contacto real con los cuerpos y disfrazarse de dibujos animados o muñecos, donde prefieren seguir representando la pantomima del Facebook en la calle, refugiarse en el mundo de los sin sexo... en esa ciudad la mujer habla en off, su voz parece siempre arrimarse a la pausa: muchas personas viven solas en Tokyo, en realidad puedes hacerlo todo solo, por eso cuando encuentras una pareja ya no sabes cómo establecer una relación. Y ella que sabe o dice eso muestra la cara camuflada entre marcas, la mirada hacia arriba hacia dónde, no busca las nubes, ni el cielo, ni el sol, no está buscando el amparo de dios, observa las luces apabullantes de la ciudad, las torres altísimas como monstruos sin cabezas. Como máquinas incomprensibles pero bellas al fin. Como padres abandónicos. Con todo el odio y el amor que se les puede tener a los padres. 

viernes, 15 de mayo de 2015

Fragmento de "Quema" (novela inédita)

de Miryam Hache



Tengo cinco años. Cuatro. Veo a Martín, el chico más lindo de todo el colegio. El pelo lacio le llega a los hombros. Es castaño, pero el reflejo del sol le forma unas franjas casi rubias. De su lado hay más sol, el suelo es de un gris metálico que lo reflecta todo y no hay techos, el patio entero está abierto al cielo. Sé que Lucrecia lo mira como yo lo miro. Las piernas débiles, la boca cerrada: el miedo descarnado de una niña de pronto sola y sin pasado. La cara de Martín hoy es borrosa, sus ojos grandes y oscuros, su sonrisa amplísima se acerca, le faltan algunos dientes. Pero yo no sé hablar con los chicos, cómo me acerco, cómo puedo hacer para que él también guste de mi. Mi pelo nunca es tan bonito como el de las otras niñas, no como el de Lucrecia que le llega a la cintura, y brilla, mientras se queda de pie en el borde tan plácida, como si ya hubiera aprendido a comportarse con los otros en un espacio, una instancia previa al jardín, entonces claro que Martín viene a llamarla a ella y no a mi, viene del otro lado, de la primaria, para tenderle una mano entre las rejas que lo separan del jardín. De nuestro jardín edénico y pavoroso. Le dice cosas que no escucho, todas las palabras suenan confusas entre sus miradas y la mía, la de Lucre de costado que me ve de pie como una estatua envuelta en la inocencia cálida de los tres. Martín me mira, oblicua, mientras le da la mano a ella y se sigue acercando, qué es eso un beso, el primer beso en la vida y me lo va a dar a mi, me lo quería dar a mí porque si no por qué me está mirando de esa manera, quieto y serio, tan serio, me lo iba a dar a mí y se equivocó, Lucrecia llegó antes, no te preocupes Martín que ya llego, acerco mis pasos, mis piernas débiles, no, estás estirando tu cabeza entre las rejas, ya llego ya llego el beso y todos los besos serán para mi, aunque no, por qué, por qué de pronto acá están sus manos tocándose, tan cerca, las de ustedes junto a las mías, sus cuerpitos frente a mi que estoy quieta, sola como una intrusa que nadie quiere, los brazos de Lucre rozando los míos, lleva el mismo delantalcito verde a cuadros que yo, ella que está de mi lado del jardín, que también es una niña que empieza y no sabe nada del mundo de afuera, el de después. Por eso me mira así, tan natural es todo, no le importó compartir el abrazo, el beso que apenas fue beso, ese triángulo de amor prematuro, no le importó, por eso se queda quieta, me posa una mano sobre la espalda, me sonríe. Y el sol le cubre la cara.

jueves, 14 de mayo de 2015

Poemas

de Chantal Maillard






Iniciación
Estoy creciendo de la nada.
Mis ojos tantean
la claridad difusa
mis manos
se posan y tantean
abro agujeros
mi cuerpo agujeros
en el cielo agujeros
tanteo las estrellas
agujeros que llueven
y es dolor
y el dolor penetra
mi cuerpo tantea
el dolor tal vez
el gozo
indaga
descubre el mí
mi boca dice
vuelvo sobre mí
misma y tanteo
¡es tanta la ceguera!
cierro los ojos
lo cierro todo
y de repente me abro
veo
veo lo que no hay
veo
estoy creciendo de la nada.



No existe el infinito
No existe el infinito:
el infinito es la sorpresa de los límites.
Alguien constata su impotencia
y luego la prolonga más allá de la imagen, en la idea,
y nace el infinito.
El infinito es el dolor
de la razón que asalta nuestro cuerpo.
No existe el infinito, pero sí el instante:
abierto, atemporal, intenso, dilatado, sólido;
en él un gesto se hace eterno.
Un gesto es un trayecto y una trayectoria,
un estuario, un delta de cuerpos que confluyen,
más que trayecto un punto, un estallido,
un gesto no es inicio ni término de nada,
no hay voluntad en el gesto, sino impacto;
un gesto no se hace: acontece.
Y cuando algo acontece no hay escapatoria:
toda mirada tiene lugar en el destello,
toda voz es un signo, toda palabra forma
parte del mismo texto.

Ladras o mueres

de Luna Miguel



También he visto a los mejores cerebros de mi generación
destruidos por el emoticono. 

He visto sus rostros inexpresivos.
He leído sus poemas fotocopiados. 

No conozco su violencia 
pero intuyo un nuevo aullido. 
Un grito seco.
Un grito de amor.  

Porque también he amado a los mejores cerebros de mi generación: 
los he besado y masticado,
los he deseado tanto. 

Cerebros que vienen del cielo 
cegados por una luz que no parecía suficiente
y que ahora quema la entraña
de mis antiguos versos. 

Cerebros que he sido y cerebros que seré. 
Drogas que he consumido. Medicinas. 
Besos que he rechazado y que ahora necesito. 
Sesos de animal que mi madre cocinaba
antes de cambiar de ciudad
y dejar
las cucarachas del armario
en el olvido. 

Cerebros recitando de memoria.
Cerebros escribiendo de memoria. 
Ignorantes neuronas
vomitando de memoria.

He visto la generación a la que pertenezco y apenas la soporto. 
He visto a mi generación renegar de la literatura. 
La he visto y no me interesa.
La he visto y me parezco demasiado. 
La he visto muerta. 

                                                           del libro Poetry is not dead, de DVD ediciones

miércoles, 13 de mayo de 2015

Fragmento de "El Pozo"

de Juan Carlos Onetti 




     Esta es la noche, quien no pudo sentirla así no la conoce. Todo en la vida es
mierda y ahora estamos ciegos en la noche, atentos y sin comprender. Hay en
el fondo, lejos, un coro de perros, algún gallo canta de vez en cuando, al norte,
al sur, en cualquier parte ignorada. Las pitadas de los vigilantes se repiten si-
nuosas y mueren. En la ventana de enfrente, atravesando el patio, alguno ron-
ca y se queja entre sueños. El cielo está pálido y tranquilo, vigilando los gran-
des montones de sombra en el patio. Un ruido breve, como un chasquido, me
hace mirar hacia arriba. Estoy seguro de poder descubrir una arruga justa-
mente en el sitio donde ha gritado una golondrina. Respiro el primer aire que
anuncia la madrugada hasta llenarme los pulmones; hay una humedad fría
tocándome la frente en la ventana. Pero toda la noche está, inapresable, tensa,
alargando su alma fina y misteriosa en el chorro de la canilla mal cerrada, en
la pileta de portland del patio. Esta es la noche. Yo soy un hombre solitario
que fuma en un sitio cualquiera de la ciudad; la noche me rodea, se cumple
como un rito, gradualmente, y yo nada tengo que ver con ella. Hay momentos,
apenas, en que los golpes de mi sangre en las sienes se acompasan con el lati-
do de la noche. He fumado mi cigarrillo hasta el fin, sin moverme.
     Las extraordinarias confesiones de Eladio Linacero. Sonrío en paz, abro la
boca, hago chocar los dientes y muerdo suavemente la noche. Todo es inútil y
hay que tener por lo menos el valor de no usar pretextos. Me hubiera gustado
clavar la noche en el papel como a una gran mariposa nocturna. Pero, en
cambio, fue ella la que me alzó entre sus aguas como el cuerpo lívido de un
muerto y me arrastra, inexorable, entre fríos y vagas espumas, noche abajo.

sábado, 9 de mayo de 2015

Postergada

de Miryam Hache





Los días rebotan como pelotas en mi pelo
el espejo del baño es todos los espejos
y mi reflejo un personaje
que tapa
la lentitud de mis finales,
esas arrugas o advertencias
esos trastornos de la piel.
Mientras
paso y paso y paso
bajo mi único nombre.

Ya escribí que soy transoceánica
multigeográfica
todas las errancias de las mujeres beat veladas
de los perros sin raza hijos de nadie
los anónimos muertos de sobredosis en raves
las escritoras postrománticas suicidas
los mendigos y sus cartones y sus carros de la compra
su horizontalidad y sus botellas en las puertas de los bancos
acristalados como obras de arte
que turistas imbeciles fotografían
como si fueran postales de carne
las actrices antiguas grabadas sin color
eternidazas entre el humo del glamour de los treinta
los acróbatas circenses de otro siglo
las piernas que danzan el folklore balcánico en Nueva York
las gargantas femeninas de Serbia,
los deformes de Arbus,
los asesinos de Hitchock,
mi ego es tan grande
que soy toda la belleza posible
la otra realidad bajo las urbes
soy el fucking infinito encajado en un cuerpo.
Soy una más de las que escribe
para ir más adentro del mundo.
No rutina
pausa repetida
un paréntesis
entre
toda
esa
belleza

que dejo.




viernes, 8 de mayo de 2015

Entrevista a José Agudo

por Carmen Tomás 




     José Agudo nació en Fregenal de la Sierra (Badajoz) en 1952, aunque su vida, hasta la fecha, transcurre lejos de esas tierras, entre Mallorca y Barcelona, donde reside actualmente. Ambos lugares le han impregnado de lo que él mismo denomina una profunda "nostalgia mediterránea". En 1977, ya en Barcelona, fundó, en colaboración con otros escritores, la revista de arte y literatura Alisma, participando activamente en los numerosos acontecimientos culturales que tuvieron lugar en la capital catalana a finales de los años setenta. Es en esa época cuando toma plena conciencia del significado de la palabra poesía y cuando descubre a poetas que le van a mostrar la verdadera dimensión del poema. 

     Entre su vasta obra cabrían resaltar las siguientes publicaciones: Naufragios (1992), Conciencia de mí mismo (1995), Dibujando la Rosa de los Vientos (1996), Hombre desnudo (2006), Esta frágil cadencia (2008). 
     Ha sido premiado en numerosos certámenes de Poesía: IV Concurso de Poesía de Primavera de Palma de Mallorca, XII Certamen de Poesía Federico García Lorca, I Certamen Nacional de Poesía Ciudad de Torrevieja, Premios Otoño de Poesía Villa de Chiva, XXVIII Premio Hispanoamericano de Poesía Juan Ramón Jiménez.

¿Por qué tu obra es considerada como poesía de la meditación?
–Nunca me ha gustado considerar la poesía como un arte que pueda situarse en compartimentos estancos. Identificarla de tal o cual forma según la tendencia estilística o temática del poeta equivale, en cierta forma, a señalar fronteras y limitar los espacios. Fue el escritor Manuel Rico, en su Antología de Poetas Catalanes en Castellano, titulada Por Vivir Aquí, quien señaló mi universo poético como de la “meditación y de entroncamiento con la naturaleza”. Pero respondiendo a la pregunta sin más devaneos, debo decir que es cierto que mi pulso poético tiende a la reflexión acerca de la vida y sus contornos, de los mínimos hechos cotidianos que pueden pasar desapercibidos, pero que analizados convenientemente suponen una carga emocional lo suficientemente importante como para tenerlos en cuenta y tratarlos poéticamente. En definitiva, si el antólogo consideró que mi obra versa acerca de la meditación y establece, además, un entroncamiento con la naturaleza, me parece estupendo. Otros, no obstante, al menos así desearía que sucedería, descubrirán distintas vertientes que, de algún modo, enriquecerán mi poesía.

¿Cuándo empezaste a escribir y qué autores han influido más en tu trayectoria?
–Creo que hace toda una vida. Me recuerdo escribiendo desde siempre. Quizás tuviera trece o catorce años. A esa edad, lógicamente, la ingenuidad, la falta de experiencia, las escasas lecturas, son una carga inevitable que supedita la creación, la verdadera creación. Pero es precisamente en esos años cuando se va gestando el poeta, cuando se van consolidando los cimientos, si no se desmoronan con la edad. En cuanto a los autores que han influido más en mi trayectoria, me gustaría pensar que todos los libros leídos me han servido para algo y que aquellas noches en vela, entusiasmado con el descubrimiento de algún autor, contribuyeron en gran medida a formarme como poeta. No cabe duda que algunos nombres destacaron sobre otros y fueron ellos los que en verdad me desvelaron la verdadera dimensión de la poesía. Y cito, por poner un ejemplo, a Jaime Gil de Biedma, después de haberme empapado de la generación del 27, o a José Agustín Goytisolo, o a Caballero Bonald. Pero tampoco quiero olvidar, sin que resulte demasiada extensa esta lista, a Quevedo y, naturalmente, a Manrique

La pregunta inevitable ¿por qué escribes?
–Sinceramente, ni yo mismo lo sé. Podría dar infinidad de razones, pero creo que no sería sincero. Acudo a la llamada de la escritura poética como quien acude a un acto casi místico en el que, en algunas ocasiones, sé que seré  plenamente feliz. Y digo en algunas ocasiones porque la creación conlleva también cierto sufrimiento, aunque quizás no sea la palabra exacta, digamos que congoja, tal vez placer, vicio. Parafraseando al poeta que antes citaba, Jaime Gil de Biedma, diría que “el juego de hacer versos se parece en principio a un placer solitario, después acaba convirtiéndose en un vicio solitario”.

¿Consideras el proceso creativo como un acto de exorcismo?
–Tal vez sea un acto de exorcismo, no lo sé con certeza, pero lo que sí creo es que todo acto creativo está envuelto por un halo mágico que engrandece al ser humano. La creación se nutre de extraños ingredientes que con frecuencia no sabemos señalar. Me gustaría pensar que es una forma bella de acercase al universo, a un dios desconocido, al misterio o a la nada.

¿Crees necesaria la comunicación con otros autores/ras para mantenerte al corriente sobre lo que se cuece en tu mundo?
–La comunicación implica conocimiento, compartir conocimientos. Por eso creo necesaria esa comunicación entre los coetáneos, necesaria y eficaz. La transmisión de experiencias, es decir, conocimientos, no sólo es algo innato, natural en el ser humano, sino que es muy conveniente para alcanzar una visión más clara, justa y objetiva de las inquietudes ajenas y del mundo en el que vivimos.

"hay jóvenes poetas que están abriéndose paso de una forma arrolladora, imponiendo nuevas formas (...)"

¿Cómo ves el panorama actual de la poesía en nuestro país?
–La poesía, igual como sucede con el teatro, está en una eterna crisis. Aunque no es del todo cierto. Actualmente hay jóvenes poetas que están abriéndose paso de una forma arrolladora, imponiendo nuevas formas, nuevos usos en la utilización del verso, renovando con ilusión su manera de entender la poesía. Y eso está bien. Porque, además, tienen una excelente calidad. Quizás no se compran tantos libros de poesía como sería deseable, pero me consta que la poesía sigue viva y con ganas de ocupar el espacio que le corresponde, acomodándose a la forma de entenderla desde los territorios de nuestro siglo XXI.
 
¿Podrías señalar las diferentes evoluciones de tu obra?
–No sería objetivo si yo mismo señalara los caminos que ha recorrido mi obra. Dejo esa cuestión a quien tenga la voluntad de seguir mis pasos en la creación poética. No obstante, diré que he procurado ser fiel a mis principios y a mis conceptos, riguroso en los temas y en la forma de abordarlos. En definitiva, mantener, en la medida de lo posible, aquella primigenia ilusión que me llevó a amar la poesía.

¿Escribes todos los días? ¿tienes algún ritual?
Sí, procuro hacerlo, releyendo lo ya escrito, reviviéndolo, como diría Juan Ramón Jiménez, o pellizcando un nuevo poema que se resiste, pero que, de alguna manera, intuyo como algo bello. Ritual no tengo ninguno, tal vez algo de vocación y un poco de trabajo.

¿Se es poeta las 24 horas del día?
–Efectivamente, las 24 horas del día. No comprendo otra forma de ser poeta y entender la poesía.

¿Necesitas musas para inspirarte?
–La única musa que conozco es la vida, la vida y todas sus variantes, trochas, senderos, caminos que de ella emanan.

¿Qué es la poesía para ti?
–Una forma de entender la existencia, una manera de respirar, de pensar, de amar, y también de sufrir, por supuesto.

¿Te gustan las películas de gladiadores? ¿has estado alguna vez en una cárcel turca?
–Me gustaban. Cómo no acordarse de Espartaco o, actualmente, Gladiator, que era, por cierto, paisano mío, extremeño. La segunda pregunta la responderé, naturalmente con el ánimo de preservar mis derechos constitucionales, solicitando antes la asistencia de un abogado, de oficio, claro, ya que la poesía no da para muchos dispendios. 

      
  Entrevista concedida a Carmen Tomás el 9 de diciembre de 2013



miércoles, 6 de mayo de 2015

Capítulo 11 de "Quema" (novela inédita)

de Miryam Hache






Apago el emepetrés y lo guardo en mi cartera, en el bolsillo adentro del bolsillo de adentro. Caminé un largo rato por una explanada desierta para ahorrarme el euro con treinta del colectivo y espero que nadie perciba mi sudor, la semi aureola que se me arrima a las axilas, a la tela sintética de mi camisa blanca —una de esas que elijo como automática para venir a esta clase de lugares—. Los zapatos negros, los únicos que tengo que parecen de oficina, la falda también negra ni tan corta ni tan larga. Casi como si viniera a un velorio. Los botones hasta arriba. Casi.
Me anuncio, me siento. Solo caben dos escritorios, apenas unas cuatro o cinco sillas vacías para los clientes. Por un lado hay una mujer de rizos frente a una computadora, tecleando sin parar, ni por un segundo despega la mirada del teclado. Por el otro, hay una mujer de cabellera castaña, perfectamente lacia, vestida con camisa y corbata y una falda similar a la mía. Sus pestañas postizas son excesivas, su mascarilla también.
Le dice a la anciana:
Tenemos que bajarlo todavía más Mari, entiende que a ese precio no te lo va a comprar nadie. Hay pisos con más metros y más cerca de la Benavidez que están más baratos. Por el lugar en el que está y por los años que tiene, si lo quieres vender ahora, hay que bajarlo un poquillo más.
Pero es que ya lo he bajao. Ya le he bajao cuarenta mil euros, no puedo seguir bajándolo, entiéndeme.
La anciana no lleva maquillaje ni tinte en el pelo.
Pues hay que ajustarse un poquillo más Mari, lo siento, pero si lo bajas a cuarenta mil es muy posible que lo vendas pronto. Si no ya sabes. Lo siento, yo solo estoy intentando ayudarte.
¿Cuarenta mil? Pero eso apenas me alcanza para terminar de pagar la hipoteca.
La anciana envuelve la correa del bolsito con las palmas de sus manos, la aprieta.
Es que de otra manera no te lo va a comprar nadie. Si lo quieres vender ahora, tienes que bajarlo más. Te lo digo yo que estoy aquí metida tor día, tienes que bajarlo más Mari, si no no lo vas a vender.

Suena el teléfono. La mujer de rizos lo atiende sin levantar la vista del teclado —estará reflexionando sobre la posición de las teclas—, gira roboticamente la cabeza, me encuentra, sus ojos son verdes. Dice: Marlene, ven.

De pie frente a mi debe llevarme casi tres cabezas. Lleva un traje azul. Tiene los ojos enormes y medio salidos para afuera. Es negro. Si me diera un golpe mínimo me mataría en dos segundos. Puede ser —por qué no— un asesino en potencia, y no deja de mirarme fijo a los ojos, como todo buen entrevistador, como todo buen jefe.
A pesar de hablar el español con mucha naturalidad, hay sonidos que no puede pronunciar bien. Eso lo desacredita, me hace verlo más inofensivo y manso. Eso y sus grandes labios salivados que lo asemejan a un idiota. Me pregunta sobre mi experiencia laboral, bla bla, mis estudios, bla bla. No le tengo miedo, él no es nadie, le hablo confiada y le miento rígida sin dejar de mirarlo fijo a los ojos. Su traje azul. Sus ojos negros. Agarra una hoja de papel y me dibuja un gráfico. Así es la historia: en España el mercado inmobiliario tuvo un boom, un crecimiento, una subida exponencial, y luego cayó. El mercado es cíclico, o más que cíclico, es una línea de montañas ascendentes y descendentes que se suceden interminablemente. Y esta es la lógica: ahora estamos aquí. Me señala el pico de una de las montañas sumergidas. Más abajo de esto no hay nada. Tú puedes entrar a trabajar aquí ahora, no te pedimos experiencia ni formación, te enseñamos todo lo que tienes que saber sobre el mercado inmobiliario absolutamente gratis. Asesoría de imagen, asuntos legales y burocráticos, técnicas de venta, etc. Cuando el mercado ascienda —y me señala el gráfico, el punto instalado en el pico más bajo desplazándose hacia arriba bajo la punta de su bolígrafo— tú subirás con el, y ganarás mucho dinero. ¿Quieres ganar mucho dinero? Bueno, ahora hablemos de números. Cobrarías solo comisiones, yo no pago fijo. Te llevarías un 20% de comisión por los alquileres y un 10% por las ventas. Si cumples un mínimo de 3 alquileres por semana yo te pago 300 euros más al mes. Si además cumples un mínimo de dos ventas al mes te pago otros 300. Luego hay un bono semanal por buen desempeño. Ahí yo te daría un sobre con X dinero.
Edward Norton en el Club de la Lucha cagándose a piñas a si mismo para cobrar un sueldo vitalicio sin tener que trabajar. En el despacho del jefe. Echándose de espaldas contra la estantería, clavándose cristales y sangrando a borbotones por la nariz. Sale triunfante por el pasillo, magullado de pies a cabeza escoltado por dos agentes de policía.
Entonces, calculamos, si hicieras por ejemplo 3 alquileres por semana de 400 euros, te llevarías 960 euros al mes, más los 300 euros, 1260, sin contar ninguna venta y ningún bono. Tu sueldo podría oscilar entre los 1200 y los 2000 euros mensuales. ¿Te interesa? Entonces te veo el lunes aquí a las nueve de la mañana.
Lunes nueve de la mañana: el jefe no está. La mujer de ojos verdes y rizos caoba me pide que espere a Ricardo, un compañero que entró aquí a trabajar hace dos semanas y hará la ruta conmigo y me explicará todo lo que tengo que saber. Hoy está más simpática, me dice que tranquila, que lo que no sepa lo iré aprendiendo poquito a poco.
Ricardo me saluda con un apretón de manos, me cede el paso al salir de la oficina. Empezamos el recorrido. Primero hay que ir a dejar flyers en los cristales de los coches. Se hace así, me dice Ricardo, levantas un poco el parabrisas, lo metes y plaf, un segundo. Ricardo es italiano, debajo de su traje debe haber más agua de la que me eché hoy en la cara, de la que usé para enjuagarme la boca. Aunque dice que tiene treinta y pico, ya está bastante calvo. Y gordo. Caminamos. Subimos y bajamos cuestas. El paisaje, exceptuando unos cuantos árboles, es árido y terroso. Entre baldíos y monoblocks y casas mata. Las casas mata son casas bajitas, no sé si las llaman así en toda España o solo aquí. Me es difícil, en este paraje, ver reflejado en físico el ideal de casa que tengo en mi cabeza. No hay casonas, no hay phs, ni siquiera casitas humildes pero bonitas. Hay estas casas mata de mierda, con ancianos en los portales y sillas para sentarse a esperar la muerte y hablar de la verdura. Ricardo me explica cómo es la cosa. Las primeras semanas no te permiten gestionar ventas ni alquileres, porque consideran que aún no estás lo suficientemente bien formado. Nuestro trabajo consiste en caminar de nueve a dos y media y de cuatro y media a nueve por todo el barrio buscando números de pisos en alquiler o en venta, apuntarlo en esta planilla, me dice, ves, así, aquí especificas la zona, si está anunciado por otra inmobiliaria o no, el número y el resto de la información que tengas, metros cuadrados, habitaciones, etc. Luego le daremos la planilla a Lucía y ella se encargará de llamar. El curro nosstá mal, me comenta, lo que tiene de malo sque no te pagan fijo, pero nadie tesstá controlando ni vigilando, puedes caminar por donde quiera o detenerte a fumar un cigarro o a tomar un café. ¿Quieress tomar un café? Yo invito, dice con orgullo palmeándose de soslayo el pecho. Bueno, le digo, venga, gracias. ¿Hay algún bar por aquí cerca?

Cuando era niña quería ser mujer, que me crecieran las tetas rápido, ser alta, rápido. Quería ser actriz de Hollywood, quería ser la más linda de todas. Hoy el Hollywood más recalcitrante me da arcadas. No seguí creciendo, me quedé en el 1,65 y la belleza es algo tan subjetivo.
Me gustaría que el tiempo se detuviera, poder cumplir todas mis metas antes de los treinta y después sí, que corra nomás, que fluya.

        Mis párpados caen, podría decir que hasta me duelen. Levantarse temprano no es lo mío. Para nada. Da igual que Paz o Laura me digan siempre que lo que debería hacer es acostumbrarme, que sufro tanto el levantarme temprano porque no estoy acostumbrada. No es así, yo soy nocturna. Y adicta al café. Eso no se lo digo. Se limpia con una servilleta el sudor en su frente. Yo apenas disimulo cómo me aireo las axilas separando los brazos del cuerpo, abanicandome con las manos cuando él se gira. No le digo que me tomaría tres cafés, que uno solo no bastará para despertarme. Que solo puedo tomarme el que pague él porque no traje ni un duro. A mi nadie puede decirme nada, mentiende, me dice, a mi nadie messtá pagando, yo voy a comissione, yo puedo tomarme un café cuando me de la gana, si no qué ssentido tiene. Tiene razón, pero la verdad es que con el sueño que tengo me da igual lo que me cuenta, que si antes fue camarero diez años, que ese sí que ess un trabajo de mierda porque terminass reventao de andar de aquí para alla tol día, no, no, camarero nunca más, a no ser que de verdad no me salga otra cossa, mentiende, si no no, ni loco. Y niega con la mano en alto. El es de Nápoli. En Nápoli la gente no se resspeta, aquí en Esspaña e mucho mejor la cossa. Trabajó en cruceros también. Pero e duro, se gana bien, pero star en altamar tanto tiempo no e bueno. Yo ahora tengo muje, mentiende.
Seguimos la ronda. Caminamos bajo el sol, entre viejos y carritos de la compra. El me convida cigarrillos, yo lo escucho, me muero de sueño. Cerca de las dos de la tarde empezamos a caminar de regreso a la inmobiliaria. Las plantas de mis pies ya no pueden. De pronto suena su celular, es Lucía, de la inmobiliaria. Le pregunta si ha parado a tomarse un café. Él se apresura a contestar que tiene derecho, que por qué no va a poder tomarse un café. Pero Lucía le dice que no es eso, que llamaron del bar para avisarle que alguien de la inmmobiliaria se había tomado un café en el bar Las Flores y se había ido sin pagar. Le habían visto el uniforme. Ricardo se lleva la palma abierta de la mano a la frente. Ya missmo voy pallá, se excusa, se me olvidó completamente, ya voy para allá.

Lo acompaño. Se le nota que dice la verdad, que está avergonzado. Huelo a sudor, cada vez más. El también. De camino al bar, le hablo un poco de mí. Le digo que ya no sé qué hacer, quizá trabajar unos meses en un crucero pueda ser una buena solución y una buena experiencia. Podría escribir sobre eso después. O volverme a Argentina, no sé. No le digo que no quiero trabajar. Que me gustaría no tener que trabajar nunca. Mira, hay que tene paciencia, me dice, mi muje es russa, vive en Marbella, y está trabajando dessto también hace casi do messe, do, y todavía no cobró nada. Pero hay que tener paciencia, me repite, sto despué va a dar sus frutos. Nosotro stamo en el pico más bajo pero cuando la curva del mercado suba, nosotro vamo a star arriba. Hay que tener paciencia, me augura. Mira, yo cuando ahorre algo de passta, quiero comprarme una casa, porque el momento pa comprar es ahora, una como esas, una casa mata. Eso quiero.